a través de sus ojos

Hoy es un día diferente, de esos que marcan un antes y un después. O eso quiero pensar. Hace un día muy feo, llueve y no puedo salir de casa siquiera, pero ha sido un día productivo aunque prácticamente no he hecho nada. A veces hay días grises en los que hay un instante que es como un fogonazo y parece teñir de colores el resto del día, y solo por eso tu día parece tener significado e importancia. Pues hoy ha sido uno de esos días con uno de esos fogonazos, hoy me he visto por primera vez desde sus ojos.

Tiene unos ojos azules profundos, de esos que parecen que pueden ver como se forman los pensamientos en tu cabeza. Tiene el pelo como el azabache, pero es blanquito de piel, como yo. Su boca es grande, pero no porque sea de esas personas que primero hablan y luego piensan, sino porque su sonrisa tiene demasiadas cosas bonitas que transmitir, y te das cuenta de que no queda ni un milímetro de su piel sin sentido cuando ríe. Y siempre tiene barba. A veces más corta, a veces más larga, a veces más cuidada, otras menos; pero siempre barba, negra como su pelo. No me imagino su cara desnuda; o mejor dicho sí que la imagino y precisamente por eso no me gusta, creo que le quita personalidad, le quita magia a su sonrisa. Es un poco más alto que yo pero no demasiado, lo justo para que no me resulte complicado mirarle a los ojos y tiene unos brazos fuertes que dan abrazos curativos, que me recomponen cuando estoy hecha pedacitos mientras me frota la espalda con sus manos, como si estuviera pintándome algo, o haciendo un conjuro para protegerme. Pero lo mejor es su forma de ser tan… sana. Su cariño desprendido, perfectamente equilibrado entre los besos y el respeto por el espacio propio. A veces juega, a veces prefiere que juegue yo, a veces contamos chistes, a veces me cuenta cosas de sí mismo, a veces escucha las mías y a veces simplemente está. Y otras no, porque esa dependencia no es buena. Suele decirme que va a tirarme por las escaleras, y yo le respondo que voy a atropellarlo; entonces estallamos en carcajadas. Pero entre broma y broma siempre tiene tiempo para dejarme claro que me quiere. Ah, y siempre me llama fea cuando me saluda. “Hola fea”, adoro esas palabras, tienen un significado especial, un cariño tan intenso y tan nuestro que me siento única porque sé que nadie más lo comparte. Y también sé que cada vez que me llama fea me ve preciosa, sin necesidad de que me lo diga. Es nuestro pequeño juego de antónimos.

Se llama Jota y vive en mi interior; en mi mente y en mi corazón. Pero ya no sé más y, a decir verdad, no me hace falta saberlo. No sé si es un abuelo; un padre; un hermano; un tío; un primo; mi mejor amigo; mi novio; mi amante; o yo misma proyectada en esos ojos azules que tanto me reconfortan, porque siempre me han dado refugio. O todo. O nada. Simplemente es Jota.

Y Jota me quiere, Jota me ama. Eso le resultará un poco confuso a mucha gente, parece que solo es lícito amar a tu pareja, pero yo no pienso así. Al fin y al cabo, ¿qué es el amor en su definición más básica? Afecto desinteresado, entrega, inclinación. Yo amo muchas cosas, a mi familia, a mis amigos, mis hobbies, mi carrera. Hay gente que no tiene esta capacidad –porque es una capacidad, algo positivo- y se siente incómodo con ello. Pero yo sí la tengo, como mi tía Lola; ella también es Jota. Y Jota me ama.

Jota me ve de verdad y me ve bonita. No digo que sea o no bonita de verdad, digo que Jota me ve tal y como soy, y piensa que soy preciosa así. Eso me gusta, evidente, ¿a quien no le gusta que le hagan cumplidos? Pero hoy todo ha tomado un significado diferente, porque hoy me lo he creído. Siempre me ha dado un poco de miedo creerme las cosas buenas de mi misma, sentía que bailaba en el límite de ser una creída, sin modestia ni humildad; una persona prepotente con una seguridad desgarradora basada en una falsa autoestima. Siempre he tenido miedo a esa clase de personas, y mi mayor miedo no era cruzármelas y sufrir las consecuencias por ser una presa fácil, mi mayor miedo era contagiarme y hacer sufrir a los demás. Pero hoy Jota me ha prestado sus ojos y he visto, por fin, todo lo que me ha repetido tantas veces desde que le conocí. He visto una chica fuerte, una luchadora, alguien que sabe que la vida no es fácil ni justa, pero que aun así merece la pena vivirla. He visto una mirada segura, propia de alguien que tiene las cosas claras, de alguien que sabe lo que quiere y no se avergüenza de ello. He visto la expresión de una persona sensible, tierna y amorosa, que se preocupa por los demás pero no tanto como para olvidarse de sí misma. Y he visto la postura de quien se sabe digna y valiosa, de quien conoce sus límites y los hace respetar. Y esa chica era yo. Soy yo.

Y es curioso, no me ha costado reconocerme pero me ha sorprendido la claridad de lo que ve Jota, de lo que yo transmito. Y me ha dejado sin aliento la diferencia entre sus ojos y los míos. Cuando me miro al espejo no veo a esa chica; lo único que tienen en común ambas percepciones es el blanco de los ojos y la media melena azul verdosa. ¿Por qué? Todo lo demás se ve igual desde los ojos de Jota, solo cambio yo. Solo es diferente mi percepción de mi misma. Jota dice que depende de mí y solo de mí, que la imagen que yo alimente en mi interior es la que voy a ver, la que cuide, la que proteja, por la que yo apueste. La decisión es mía. Solo puedo hacerlo yo.

Y me gusta mucho más lo que ve Jota.

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