recuerdos del equinoccio de otoño

Todavía me acuerdo de la primera vez que te vi.

Acudiste diligente al escuchar tu nombre. Tú y tu amigo, pues de momento debía enfrentarme a dos rostros nuevos; ya llegaría el momento de ponerles cara a toda la manada de lobos. Me habían preparado fugazmente para saber vuestros nombres y un par de rasgos de la personalidad de cada uno del grupo, pero no tenía forma de identificaros físicamente. Sin embargo, de los dos chicos que entraron a escena, solamente me fijé en uno.

Tuvo que ser el destino.

Lo primero en lo que reparé fue en una camiseta verde intenso, verde vivo. Un color que yo nunca me pondría pero que le sentaba increíblemente bien a aquella piel pálida. La camiseta, relativamente ajustada, mostraba una figura bonita y bien formada, con unos brazos fuertes cruzados al pecho. No sabía de qué se estaba defendiendo, pero era evidente que algo le ponía nervioso. Solo esperaba no ser yo; él era un lobo, no podía tenerle miedo a su víctima. Por la mirada experta que tu acompañante le dirigió a un dibujo que había por allí, supe que tú eras tú; el interesante chico de la camiseta verde… Y, no lo niego, aumentó mi curiosidad por ti.

No eras como te había imaginado. Tú eras el gracioso, el buena gente, el amigable… Contigo iba a ser fácil. Sin embargo tenías una expresión tan distante, tan seria, tan solemne. Y seguías de brazos cruzados como si fueras un soldado de la guardia real británica. Creo que en ese momento ni me dedicaste una mirada. Claro que puedo estar equivocada, me podían los nervios por lo que aguardaba escaleras abajo.

Una vez en el sótano escuche tu voz por primera vez con claridad. Armado con un plato de tortitas, estabas reclinado sobre la mesa como un cachorrito, con los ojos desbordantes de ilusión; y decías, con esa risa ligera, fresca y contagiosa, que había que esperar al anfitrión para empezar a devorar aquella merendola; sin embargo te lo estabas comiendo todo con la mirada. Eras una imagen tierna. Ya no parecías un soldado, más bien eras un niño mono.

Y entonces te dirigiste a mí. “En casa del pobre, reventar antes que sobre”. Esa fue la primera frase que me dijiste. Yo no sabía qué hacer. Todos me mirabais esperando a que empezara a reírme, y que terrible decepción os llevasteis.

No me acuerdo exactamente de como terminamos arriba en el salón viendo una película todos juntos. Ni de como escogimos los asientos. Ni siquiera de lo que pasaba en la película. Solo me acuerdo de que el interesante chico de la camiseta verde estaba sentado a mi lado derecho, en aquel sofá tan blandito. Solo me acuerdo de echar mi peso descaradamente hacia la izquierda, para no caer contra ti y tocarte. Solo me acuerdo de como tus brazos cruzados me rozaron en un par de ocasiones haciendo que no cupiera en mí del nerviosismo. Solo me acuerdo de tu móvil bailando delante de mis ojos con fotos de libros, micro relatos y frases sentidas.

Me asusté un par de veces viendo la película y recé todo lo que supe para que no te dieras cuenta… pero ya sabes que rezar no se me da muy bien. Me reí al ver tu cara de incredulidad, pero en el momento del sobresalto me hubiera gustado cogerte la mano. Para consolarme por el mal trago prometiste prestarme unos libros. Me pareció increíble, no me conocías de nada; querías alguien con quien comentar el libro, pero yo no sabía hablar contigo; además no parecía que fuera a verte de nuevo pronto… Todo era tan raro. Sonaba a promesa vacía.

Y entonces te marchaste. Bueno, os marchasteis, pero tú fuiste el último en salir de la habitación y, al contrario que todos tus acompañantes, te volviste hacia mí, clavaste tus ojos en los míos y dijiste a modo de despedida: “Te haré llegar esos libros. No sé cómo pero te los haré llegar” Y con una ligera inclinación de cabeza, perdí de vista el vivo destello verde.

En ese momento supe que necesitaba volverte a ver.

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