historia de un pensamiento

Desde hacía tiempo no era ella. Hace más o menos un mes algo cambió, aunque no identificaba muy bien el qué, ni por qué. ¿Qué se había apoderado de ella? ¿La apatía? ¿Quizás el miedo? ¿Negación de lo evidente? O quizás que estaba más concienciada que nunca de que su vida era… diferente. Ella tenía demasiadas diferencias con el resto del mundo, aparte de su fiel compañera, eso lo sabía bien; pero igualmente sabía que ser diferente no era malo. Y lo sabía de verdad, no porque alguien se lo hubiera repetido insaciables veces, no: ella lo sabía. De estas certezas que definen tu forma de ser, de esas cosas que hacen que te brillen los ojos y te tiemble la voz cuando alguien asegura lo contrario, de esas convicciones que solo se ganan con la experiencia. Tenía comprobado que la gente diferente era menos aburrida. ¿Qué había pasado? ¿Lo había olvidado acaso?

La frase de su psicólogo resonaba en su mente: “está demostrado que los pequeños acontecimientos diarios son mayor fuente de estrés que un gran suceso” Se lo había repetido varias veces. Eso ya lo sabía ella, no se le había muerto nadie. Pero, ¿por qué ahora? No se había sumado ningún factor nuevo a su vida, ningún hecho físico, sólo un estado anímico que le impedía sacar partido a su tiempo. Nadie sabía cuan cerca estaba de tirar la toalla. Mejor dicho: las toallas. Llevaba varias al cuello.

Estaba sentada en la cama, pensando, a veces en voz alta. Miró a su amiga, negra como el azabache y de sinuosas curvas, que aguardaba a su lado sobre la alfombra verde que se extendía a los pies de la cama. “Quizás sea eso” dijo observándola, como esperando respuesta. Pero ni siquiera ella era tan estúpida para eso. A veces jugaba a que realmente era su amiga, o más que eso una extensión de sí misma. Su apariencia, su color, su peso, sus formas… de alguna manera definían su personalidad; siempre estaba a su lado, mientras dormía, comía, estudiaba o pensaba. A veces jugaba a que entendía como se sentía. Pero esperar respuesta de una silla de ruedas era demasiado fantasioso, incluso para una mente tan imaginativa como la suya. No obstante no abandonó su teoría.

Quizás fuera eso, que llevaba demasiadas toallas encima. Empezó a contar: su carrera, su hermano, su rehabilitación física, la psicológica, su madre, su padre, su degeneración, sus abuelos, su proyecto para una asociación, su proyecto para otra… alguna más había, pero se cansó de contar. Eran de materiales distintos y algunas pesaban más que otras. Había conocido a mucha más gente con su enfermedad, pero no con tantas toallas. Y si… ¿tiraba alguna?

¿Cómo se te ocurre? – preguntó una voz en su cabeza en cuanto se planteó la pregunta. Estaba indignada, casi dolida.

No… bueno… Solo era una idea – se excusó de inmediato.

No convenía hacer enfadar a esa vocecita orgullosa, de sobra lo sabía. Nunca lo había pasado peor que cuando se enfadaba consigo misma, era incluso peor que vomitar, la sensación que ella más odiaba en el mundo entero. Aquellos genes norteños tenían mucho temperamento.

Una mala idea – puntualizó. Si hubiera sido una persona podría haber visto su rostro con los ojos entrecerrados y las aletas de la nariz distendidas.

¿Mala? No estaba segura. Es verdad que todas esas tareas las había aceptado por decisión propia, nadie la obligaba a tomarlas. Y nadie la obligaba a continuar. Detuvo el curso de sus pensamientos momentáneamente, pues esperaba que su voz interior se manifestara indignada, pero no lo hizo. Parecía haberse esfumado, de modo que siguió pensando. No podía evitar la sensación de que hacía aquello por obligación, para no decepcionar a alguien, o para demostrar a alguien que ella podía hacerlo igual que cualquiera y dejar constancia de su valía. Pero estaba empezando a dudar de que ella pudiera, de que ella valiera… ¿Cuánto hacía desde la última vez que perdía el tiempo en cosas placenteras? No en perder el tiempo leyendo libros de su hermano pequeño, tirada en la cama, delante de la tele, o en cualquier cosa sin emoción. Ella se refería a dedicar tiempo a sus hobby, como hacer pulseras de hilo. ¿Cuánto tiempo hacía que no dibujaba?

Demasiado –  su voz interior contesto por ella con profunda pena. De modo que no se había esfumado. – Nadie te obliga muchacha, no lo hagas tu misma.

Muchacha. Saboreo la palabra. Estaba claro que no era una niña, aunque tampoco tenía edad para ser una mujer. Sin embargo todo el mundo le decía que era lo suficientemente lista y madura para comportarse como una mujer. ¿Acaso se obligaba a si misma? ¿Quería demostrarse algo a si misma? No, era absurdo. Se conocía demasiado bien para auto engañarse. Había aceptado aquello… por placer. No todo, claro está, no podía elegir sus condiciones. No podía detener su degeneración a su antojo, igual que no podía hacerla avanzar más rápido; pero podía actuar en consecuencia. Le gustaba dibujar, pero igualmente le gustaba su carrera, le gustaba el deporte, sus amigos…

Y si te gusta ¿por qué no sigues haciéndolo? – no se refería a abandonar o no, se refería a ese mes que llevaba como muerta en vida, a por qué había parado. La conciencia esperó a que siguiera el discurso, pero nada ocurrió. Era evidente que no lo sabía. – Te exiges demasiado…

… a ti misma. Eso decía su padre, y sus profesores. Pero algo de placer encontraba en ello también. Ponerse metas y conseguirlas, con dedicación, esmero, cuidado… Eran metas altas, pero no sabía dar otra cosa que no fuera lo mejor de sí misma. Y no os creáis que no lo había intentado, pero no sabía, siempre volvía al mismo método. En cierto modo le gustaba superarse a sí misma. Ya sabía que la silla no era lo único raro en ella.

Bueno, si te gusta sigue. Sigue exigiéndote demasiado. Sigue aunque nadie te entienda. Pero sigue.

¡No puedo! – pensó exasperada – Volvemos al principio de todo. Después de tantas vueltas no hemos avanzado nada, ¿qué me pasa Pepito Grillo?

Se dejó llevar por su rabia y no pudo ocultar su ironía. Noto un grave gruñido en el interior de su pecho, y pensó que estaba al borde de una de las peores experiencias de su vida. Pero cuando su voz contesto lo hizo de forma muy tranquila. Al fin y al cabo, necesitaba un nombre y ese era tan bueno como otro cualquiera. Además Pinocho era una gran historia.

Claro que has avanzado, ya sabes que abandonar no es la solución.

Tenía razón, como siempre. Pero…

¿Qué me pasa Pepito Grillo? – esta vez su tono no era irónico, sino desesperado y cansado, al borde del llanto.

Soy tu conciencia, no un adivino – Se dio cuenta de que al ponerle nombre le había otorgado género. – No obstante –  continuó ya que no había respuesta de su compañera, que volvía a deprimirse  – te recomiendo que intentes retomar tu vida. Ya sabes que para atrás no hay salida, no tienes más remedio que salir para adelante.

No quiero – pensó con furia. Se había hecho un ovillo en la cama  y se negaba a seguir con su hilo de pensamientos. Se tapó con las sábanas y cerró los ojos con fuerza.

¿Y eso?

– Me he cansado de luchar.

Mientes – silabeó.

¿Y tú qué sabes? –acusó la niña con enojo. Ahora se sentía una niña, todo este mes se había sentido una niña.

Porque soy tu conciencia y lo sé. Mientes –contestó con calma infinita. Estaba seguro de su victoria.

Se destapó y se tumbó mirando al techo. Sí, mentía. Y como había dicho antes, se conocía demasiado bien para auto engañarse. Pero es que era todo tan injusto…

– Nadie ha dicho que la vida tenga que ser justa, bonita.

Ya lo sabía, y también era consciente de que era igual de injusta con quien no tenía una silla debajo del culo que con los que sí la tenían. Pepito Grillo tenía razón si ella no salía de esa situación, nadie iba a salir por ella. Y solo podía salir para adelante.

– ¿Manos a la obra? – preguntó contento.

Manos a la obra, Pepito.

Se levantó y encendió su portátil decidida a volver a sumergirse en su mundo de líneas de colores. Mientras su Windows 8 le daba la bienvenida notó como la voz de Pepito se iba apagando y se retiraba contento por la determinación de su compañera, esa que hacía tanto tiempo que no veía. La dejaba sola… pero sabía que volvería cuando le necesitara. Un silbidito, y…

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