3, 2, 1… ¡acción!

… CRASH!!

Y se rompió.

Así con un ruido tremendo. Así tan… frágil. No dio señales de agotamiento, ni fatiga. De repente se desintegró en mil pedazos, como un cristal al que hubieran aporreado con saña, o tirado al suelo, o pisoteado… o puede que todo eso junto.

Era un amasijo desagradable de ver. Los goterones de un rojo vivo contrastaban con el frío e impoluto blanco del suelo de mármol, provocando una imagen espeluznante, dura. La pequeña explosión había dejado un hueco profundo, y sin forma definida en el lado izquierdo de mi pecho; y solo me acuerdo de mirar aquella cosa en el suelo con los ojos muy abiertos, como queriendo comérmela con la mirada. Quería borrar aquella escena, hacerla desaparecer. Me empezaba a faltar el aire porque aquellos pedazos palpitantes no estaban donde tenían que estar; los dedos se me estaban durmiendo y la cabeza se me nublaba. Mis lágrimas caían sobre aquello con fuerza y desconsuelo, y con cada gota se derramaba un recuerdo. Se me difuminaba la vista. Me preguntaba si tendría solución, si aquello se pegaría con algún pegamento, como si de una pieza de alfarería se tratase. O si regeneraría solo, como las heridas de la piel. Fuera como fuese, parecía imposible que semejante destrozo volviera a estar como nuevo, imposible curar tanto daño…

Tenía tantas pregunta, tanto miedo, tanta inseguridad… Y sentía que se me escurría la vida entre las manos. Quise gritar y no pude. Quise llorar y no pude. Estaba nerviosa, mi cuerpo no respondía a nada aunque mi cabeza parecía más excitada que nunca. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no venía a ayudarme, a salvarme? Estaba sudando como nunca antes. Quería gritar su nombre. ¿Por qué me hacía eso? ¿No era yo tan importante? Acababa de darme cuenta de que estaba tirada en el suelo desde hacía rato, incapaz de moverme, solo la cabeza seguía dando vueltas. Distinguí dos pares de zapatos a una distancia prudencial de mi cuerpo, Esos zapatos. ¿Por qué me dejaba así? ¿No se daba cuenta de que me estaba matando? Decepción, y la herida del pecho se hizo más profunda. Dolor. Desolación. Furia. Rabia. Ira….

Y entonces todo se quedó oscuro.

One response to “3, 2, 1… ¡acción!

  1. La literatura sirve en ocasiones para dar voz a los monstruos interiores. Requiere siempre la valentía de un escritor capaz de ponerle nombre y la valentía de un lector capaz de asomarse a ese vacío.
    Dámaso Alonso fue uno de los primeros autores que tuvo la valentía de hacerlo. Te dejo un poema titulado precisamente “Monstruos”:

    Todos los días rezo esta oración
    al levantarme:

    “Oh Dios,
    no me atormentes más.
    Dime qué significan
    estos espantos que me rodean.
    Cercado estoy de monstruos
    que mudamente me preguntan,
    igual, igual, que yo les interrogo a ellos.
    Que tal vez te preguntan,
    lo mismo que yo en vano perturbo
    el silencio de tu invariable noche
    con mi desgarradora interrogación.
    Bajo la penumbra de las estrellas
    y bajo la terrible tiniebla de la luz solar,
    me acechan ojos enemigos,
    formas grotescas que me vigilan,
    colores hirientes lazos me están tendiendo:
    ¡son monstruos,
    estoy cercado de monstruos!

    No me devoran.
    Devoran mi reposo anhelado,
    me hacen ser una angustia que se desarrolla a sí misma,
    me hacen hombre,
    monstruo entre monstruos (..)

    La mayoría de las veces el solo hecho de escribir tiene un efecto liberador y catártico. Espero de corazón que así sea.

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