cuchipandi, tercios y malibú con piña

Podrían ser todos mis padres. Bueno, casi todos. Y sin embargo yo me sentía unida a ellos por amistad, comprensión, admiración, cariño, pero ni rastro de ese sentimiento cohibido que se le debe a generaciones anteriores. En aquel momento eran mis coetáneos.

No entendía por qué me querían de aquella manera, por qué ansiaban conocerme. Me acusaban de haberles aportado y ayudado, y no lo entendía. Pero era un sentimiento sincero, de eso estuve segura desde que los conocí. No eran gente hipócrita, él no me llevaría ante gente vacía. No. Eran auténticos, y simplemente aquello les hacía bonitos, brillantes como estrellas fugaces. Sentí que había empezado a nacer en mi interior una pequeña red de conexión, como un cordón umbilical, por el que fluía ligera mi confianza; esa que tan dañada estaba, esa que siempre reprime mi sensatez. Pero esta vez no tenía miedo de sentir, y la dejé crecer.

Estaba entre médicos. Pero no de esos que viven de ponerse una bata blanca – o verde – y escribirte una receta sin mirarte a la cara. Eran esos médicos independientes a su profesión, de los que sanan a la gente con un abrazo, una sonrisa o una mirada. O un beso. No los conocía, o los conocía poco. Pero les quería.

Tenían algo. Esa melena rubia y esos labios rojos como la sangre que hacía correr por mis venas cada vez que hablaba. Esa gracia natural y ese cariño que solo desarrollamos los amantes de los gatos. Esa sonrisa infinita enmarcada en una piel morena, y esos ojos benévolos, observadores. Esa mirada y ese movimiento de manos, que eran la reencarnación de todos mis personajes literarios, de todos mis héroes. O heroínas, mejor dicho. Y, por supuesto, ese metro noventa y dos que me volvía loca. Ese algo tenían.

Se definían como una pandilla de gente rara, una pandilla de seis componentes. Me sentía incluida. Pero hablo de esa inclusión que se produce de forma natural, de la que casi ni te das cuenta. Pero agradecí no sentirme entre ellos como una afectada de AF, sino como una pirada más. La mesa estaba rebosante de tercios vacíos y esa neblina del humo del tabaco era, cuanto menos, embriagadora. Me sienta muy mal el humo del tabaco, me asfixia. Pero en esa larga sobremesa no me incomodaba. Me decían que era  la primera vez en no sé cuánto que fumaban, o bebían, que hasta qué límite había provocado fiesta. Y esa conexión en forma de cordón, que había ascendido por mi estómago y serpenteado en mis entrañas, abrazó mi corazón y apretó con fuerza. Y, como si de una maniobra de primeros auxilios se tratase, yo sólo pude abrir la boca y vomitar aquello que tanto me pesaba dentro. Fui escuchada, comprendida, consolada y animada; a niveles que ni creía posibles hasta entonces. Y en sus ojos vi lucha, vi sufrimiento, vi pérdida, vi dolor… pero ante todo vi fuerza. Y belleza. Porque la gente bella no surge de la nada.  No sabía nada de lo que habían vivido, pero estaba segura de que fácil no había sido. Poco a poco he ido vislumbrando cosillas de cada uno, y fácil no había sido.

Ahora entiendo por qué me esperaban con tanta ilusión. Por qué decían que les había aportado y ayudado. Y espero que ellos entiendan lo importante que es para mí que mi confianza vuelva a dormir abrazada a mi corazón, lo que han arreglado aquí dentro. Como un engranaje que ha vuelto a su sitio.

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4 pensamientos en “cuchipandi, tercios y malibú con piña

  1. Las cosas, y sé que tú también entiendes de esto, nunca suceden por casualidad.
    Estoy convencida de que encontramos en cada momento aquellas personas que realmente necesitamos,
    Yo no me canso de decirte que me siento mejor persona desde que te conozco y creo que esa magia la tiene muy poca gente.
    Te voy a regalar un poema. Es un poema de amor, pero es que el amor y la amistad son la misma cosa aunque con distintas formas:

    “Yo sé que existo
    porque tú me imaginas.
    Soy alto porque tú me crees
    alto, y limpio porque tú me miras
    con buenos ojos,
    con mirada limpia.
    Tu pensamiento me hace
    inteligente, y en tu sencilla
    ternura, yo soy también sencillo
    y bondadoso,
    Pero si tú me olvidas
    quedaré muerto sin que nadie
    lo sepa. Verán viva
    mi carne, pero será otro hombre
    -oscuro, torpe, malo- el que lo habita”

    Ángel González, “Muerte en el olvido”

    Gracias, Carmen

  2. Carmen, mi Carmen…¡Cómo se alegra mi corazón de estos encuentros, de estas veladas, de que hayan podido disfrutarte…y verte, en el alma..y tu ver otras…
    De que hayas podido vomitar el peso y de la belleza de la expresión de que tu confianza vuelva a dormir abrazada a tu corazón.
    ….y el mío se alegra con ese abrazo…ya sabes cómo me gustan…
    Carmen, mi Carmen…¡qué orgullo de sobrina! ¡qué lujo de sobrina!

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