vivace

Dicen que mejor sola que mal acompañada. Y es verdad. Pero, seamos sinceros, es el peor consuelo del mundo mundial. Cuando se le coge cariño a la mala compañía, y te das cuenta de que ya no hay más camino por delante, sirve de poco que te digan que es mejor así, aunque sea cierto. A ella por lo menos solo le hacía sentirse más vacía.

Y era una mala compañía. De estas personas casi antagónicas a ti, de una forma tan radical que casi duele. Y claro, de amor no se vive. Aparte de esa ilusión, hace falta algo más. Algo que de sustancia, que tome forma, que sea manejable por ambos. Sabía que no era fácil, y que todas las parejas tienen problemas, peleas, opiniones diferentes. Y se van puliendo, con esmero y dedicación. Pero no era solo un choque de opiniones.

Él era una persona complicada. Difícil. Tenía una mirada furtiva y desinteresada, como si no te prestara atención y pensara en otras cosas, ninguna de ellas buena. Y una forma de estar sobreactuada. Demasiado suave. Demasiado forzado. Tenía problemas psicológicos, por no decir psiquiátricos, eso lo veía cualquiera que conversara con él más de diez minutos. Y que quisiera verlo. Ella no había querido.

Se dejó caer en un banco del parque mientras abría una lata de coca-cola. El sonido rítmico y metálico de la argolla cortaba el cantar de los pajaritos de inicios de primavera. Cerró los ojos y se concentró en recordar los buenos momentos que había vivido aquel año. Pero no encontró ninguno que no le dejara un mal sabor de boca.

– ¡Tonta!¡Tonta! – Le decía una vocecita en su cabeza. – ¿Como no lo viste antes?

Sonrío burlona hacia esa pregunta. Eso quisiera saber ella. Amor, suponía. Por primera vez en su vida, se enamoró de verdad.

– Pff ¡Amor! – se mofó su voz interior. – ¡Todos te decían lo mismo! Y tú, cabezona, ni caso.

Bebió un buen trago de coca-cola para ahogar sin piedad al bicho de su cabeza. ¡Pues sí, amor! Que él no lo mereciera es otra cuestión, pero ella tuvo un sentimiento sincero, bonito, y, al menos por su parte, fue real. De eso no se arrepentía. Durante este tiempo ella entregó su vida a una causa, quererle. Y este hecho hacía que se sintiera bien, en armonía con su día a día, y aunque fuese una ilusión, se sentía querida, el cual es un sentimiento muy fortificante.

Te puso los cuernos – canturreó la voz con tono risueño. – Trastornado – añadió dolida al ver que no provocaba reacción alguna.

Nada tiene que ver eso con su trastorno – pensó ella de forma fiera.

Peor me lo pones. Entonces es que, además de tener problemas, no aporta nada.

Bebió más coca-cola. Dos, tres, cuatro tragos seguidos. Eso le repetía su madre, no aporta nada. Su padre en cambio le decía que ese tío estaba mal de la cabeza. Sonrío de nuevo. No sabía quién de los dos estaba más loco, si él o ella, hablando consigo misma de una forma ridícula. Bajó la mirada y se perdió en los pequeños botones de su camisa blanca, esa camisa que a él tanto le gustaba. Se le nubló la vista. Sabía que debía sentirse dolida, como su yo interior. Furiosa, enfadada, rabiosa. Tenía todo el derecho a proyectar su ira sobe él. O a llamarle y gritarle todas aquellas cosas feas que sabía que debía concebir. Pero no podía, por el simple hecho de que no era capaz de considerar esas cosas más que como una obligación, una reacción natural que debía experimentar, y no lo experimentaba. Otro defecto más que explicaba que buscara en otra parte lo que ella no tenía.

No vayas por ahí… – Le advirtió con condescendencia la voz.

Pestañeó con rapidez para evitar las lágrimas. Y bebió más coca-cola. Su voz tenía razón, se dijo con valentía. No le faltaba nada, simplemente vivía la vida de manera diferente. No era rencorosa, ni vengativa, sensible sí, pero nada de ello la hacía débil. Él si guardaba odio, mucho odio a decir verdad. Era uno de los principales problemas entre ellos. Cuando él se enfadaba quería alguien que discutiera de forma activa, pero ella aguantaba el tirón y sufría en silencio sus inconsistencias, y después, más que perdonar, olvidaba. Frunció el ceño recordando la elevada frecuencia de sus enfados.

¿Ves? – apostilló con atrevimiento la voz, que aprovechaba cualquier momento para hacer comentarios que defendieran la dignidad por la que ella no luchaba – Ganas más de lo que pierdes sin él. Es más, no pierdes nada.

Miró divertida su lata de coca-cola vacía. Era la primera vez que se acababa una lata de refresco entera. Se levanto justo en el momento en que empezó a sonar su teléfono móvil. Ni siquiera miró el nombre, cortó la llamada porque no tenía ganas de escuchar a nadie, además, ya sabía quién era. Sintió como su vocecita aplaudía orgullosa ante su gesto rebelde.

Salió del parque con energías renovadas y tiró la lata vacía en la papelera adyacente, más decidida que nunca, y siguió su camino, sabiendo que junto a aquella lata, en aquella papelera de aquel parque, se quedaba enterrado un capítulo de su vida. Un capítulo intenso e interesante, pero acabado al fin y al cabo, y no es adecuado deleitarse demasiado en el final de un pasaje, porque se vuelve aburrido, poco ameno y, en definitiva, acaba estropeando una buena historia. Incluso puede llegar a definir un libro, por extenso que sea. Es necesario saber pasar página. Y ese era un momento tan bueno como cualquier otro, en aquel parque que no volvería a pisar en mucho tiempo.

2 respuestas a “vivace

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