el amor y la locura

Cuentan por ahí que hace mucho tiempo se reunieron todos los sentimientos y todas las cualidades que más tarde quedarían ligadas a los hombres. Antes de que las ciudades destruyeran los campos, antes de que los caminos artificiales cortaran los bosques y antes de que la contaminación cubriera de oscuro la claridad de los mares.

Antes de todo eso y cuando El Aburrimiento había bostezado por tercera vez, La Locura – tan loca como siempre – les propuso a sus compañeros jugar al escondite. La Intriga levantó la ceja y La Curiosidad sin poder contenerse preguntó: ¿Al escondite? ¿Y eso cómo es?

Es un juego, explicó La Locura, consistente en que yo me tapo la cara y comienzo a contar, desde uno a un millón mientras vosotros os escondéis y cuando termine de contar saldré a buscaros. Tengo que encontraros a todos y, cuando lo haya logrado, el primero que haya sido encontrado ocupará mi lugar en la ronda siguiente.

El Entusiasmo bailó secundado por La Euforia. La Alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a La Duda, e incluso a La Apatía, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar, La Verdad prefirió no esconderse, La Soberbia opinó que era un juego muy tonto – aunque en el fondo le molestaba era que la idea que había causado tal sensación no proviniera de ella – y La Cobardía prefirió no arriesgarse.

Uno, Dos, Tres, comenzó a contar La Locura. La primera en esconderse fue La Pereza, que como siempre se dejó caer tras la primera piedra del camino. La Fe subió al cielo y La Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La Generosidad casi no alcanzaba a esconderse, cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para cada uno de sus amigos. Un lago cristalino, ideal para La Belleza. La grieta de un árbol, perfecto para La Timidez. El vuelo de una mariposa, lo mejor para La Voluptuosidad. Una ráfaga de viento, magnífico para La Libertad. Así terminó por ocultarse en un rayito de sol. El egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo… pero sólo para él. La Mentira se escondió en el fondo de los océanos – mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris – y La Pasión y El Deseo en el centro de los Volcanes. El Olvido… se me olvidó donde se escondió… pero eso no es importante.

Cuando La Locura contaba, El Amor aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todos los lugares estaban ocupados, hasta que capturó su atención un rosal y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores.

Un millón, contó La Locura, y comenzó a buscar. La primera a la que encontró fue La Pereza a sólo tres pasos de una piedra. Después escuchó a La Fe discutiendo con Dios sobre Teología, y a La Pasión y El Deseo los sintió en el vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a La Envidia y así pudo deducir dónde estaba El Triunfo. El Egoísmo no tuvo ni que buscarlo, él solito salió corriendo de su escondite que había resultado ser un nido de avispas. De tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago descubrió a La Belleza. Con La Duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún a qué lado esconderse.

Así fue encontrando a todos, El Talento entre la hierba fresca, La Angustia en una oscura cueva, a La Mentira detrás del arco iris – mentira, estaba en el fondo del océano – y hasta El Olvido, que ya se le había olvidado que estaba jugando al escondite. Pero El Amor no aparecía por ningún sitio.

La Locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyuelo del planeta, en la cima de las montañas y cuando consideró darse por vencida atisbó un hermoso rosal rojo, y supo que en su interior se ocultaba El Amor. Movida por su inocente inconsciencia cogió una rama de un árbol cercano y comenzó a zarandear el rosal, a fin de asustar a su escurridizo amigo que tantos quebraderos de cabeza le había dado. Pero de pronto un grito de dolor rasgó el aire y El Amor cayó a los pies de La Locura con la mano sobre los ojos y la sangre corriéndole por las mejillas. Las espinas habían herido los ojos del Amor y La Locura, llena de culpa e impotencia, no supo hacer otra cosa que arrodillarse junto a su amigo y abrazarle. Lloraba amargamente mientras absorbía con su frágil cuerpo las enérgicas sacudidas de su compañero. Lloró hasta quedarse sin lágrimas y le abrazó hasta que las heridas del Amor cicatrizaron. Ella tomó el rostro de su  acompañante entre sus manos y lo llenó de besos a la vez que le prometía estar siempre a su lado y ser sus ojos, pues, si bien no pensaba antes de actuar, siempre era consecuente con sus actos.

Y desde entonces, desde aquel día en que se jugó al escondite por primera vez en la Tierra, El Amor es ciego y La Locura siempre lo acompaña.

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