un contrato llamado amistad

Por todos es sabido que tener una relación implica compromisos y obligaciones. Compromisos que no pueden romperse y obligaciones que no pueden eludirse, como si firmaras un contrato. Por voluntad propia, claro está, pero uno firma sin mirar la letra pequeña, sin garantías y sin seguro de riesgo.

Firmar un contrato de amistad con una persona va más allá de acompañarla al baño en las fiestas del colegio. Y mucho más allá de chocar coca-colas escuchando un concierto de rock. Va más allá del beso de una tarde, o de las conversaciones de una noche de invierno tumbados en el césped del parque. Ese convenio va más allá de gritar y saltar a la vez dejándose la voz en una canción. Es más que hablar de tu ex y criticarle por lo estúpido que fue contigo. Es más que que identificar las conductas de tu ex con el ex de la otra persona.

Es sabido que en el contrato de amistad va incluida una cláusula que obliga el intercambio de cualquier articulo útil para la mejoría del look, y se define la duración del mismo desde el día del préstamo hasta el día de “¿me prestas mis converses blancas que tienes desde hace ocho meses?”, y ni eso te garantiza la devolución. En el pacto de amistad uno sabe que tiene que compartir las alegrías de me llamó o me escribió. De risas y ayúdame a conquistar a ese guapete. O las tristezas del maldito guapete que no se dejó conquistar. De volver a compartir con la misma alegría de las 67 veces anteriores la noticia de que la llamó. Y oír a la 67 vez, como la primera, qué le dijo cuando la llamó.

Y una empieza a compartir tiempo. Una se descubre compartiendo viajes, risas, el cepillo de dientes y hasta la vida entera. Y comparte todo con dirección a la honestidad interior, a la que solo los verdaderos amigos pueden llegar, a las frases de “¿qué mierda te has hecho en el pelo?” o “puta!” o “estoy cagando, llámame luego” o “tu armario está muerto colega” o “yo también te quiero, cabrona” o ” ¿no te gustan las fotos? ¡Sonríe!” o “tienes aire felino”…

Pero con el tiempo nos vamos dando cuenta de que sabemos la parte buena, bonita y barata, la parte fácil, pero no nos acordamos de lo que había escrito en la letra pequeña… pero, ¿había letra pequeña?. Ahí es donde muchos se quedan y ya no avanzan. Y para los que se rajan no hay vuelta atrás, ni segundas oportunidades. Porque ahí es donde estaba aguantar en los días malos. Los días previos al veintiocho. Los días de pelearse con uno, con dos o con tres. Los días de cortarle la cabeza a los profesores. Los días de estrés y los días de angustia . En la letra pequeña estaba aguantar y sentir como propias las penas del otro, llorar con dolor ajeno y compartir el chocolate y las fresas. En la parte que no se lee del contrato está ver a tus seres queridos caminar al precipicio al que una le advirtió que no había que ir y que si iba no había que tirarse. Y esperarlas con una sonrisa frustrada, enternecida y furiosa de “te lo dije” y reanimarle el corazón. Y, claro está, dejar que hagan lo mismo conmigo… También esta ahí, querer a ese perro desgraciado que no es hombre ni da la talla porque es un cobarde, pero que yo escogí querer porque, en el fondo, tiene buen corazón y en vez de patearlo, sonreirle. Está la difícil tarea de no olvidar lo que por amor siempre se olvida, la de respetarse lo suficiente como para aconsejar sin influir en la decisión de nadie, dejar que cada cual piense por sí mismo, decida por sí mismo y se equivoque por sí mismo. Superar la protección exagerada y estar ahí por si, efectivamente, nos equivocamos.

En el contrato de amistad esta todo lo dulce y todo lo amargo. Están los días de energía y las noches agotadoras. El convenio de amistad se hizo para regalar autoestima y decirle a la pesada de tu compañera “no estas gorda, todo va estar bien y ya llegará uno que valga la pena”. Para compartir silencios, tardes de tonterías, películas de robots alienígenas y noches sin dormir.

Los contratos de amistad se hicieron para cumplirse rigurosamente. Letra pequeña incluida. Cada uno tiene sus problemas y sus respectivos derechos a compartirlos y que le sean comprendidos. Uno tiene problemas de autoestima, el otro mala memoria, una ataques repentinos de energía y otra se obsesiona con las calorías, uno quiere abarcar más de lo que puede, el otro no sabe convivir y la de más allá no tiene amor propio. Hay quién piensa demasiado, hay quien antepone los demás a sí mismo, ella fantasea demasiado, él no tiene fuerza de voluntad, y yo… yo tengo ataxia. Sé que eso dificulta el cumplimiento de la cláusula de letra pequeña. Nadie advirtió de pasar una noche en vela por dolores neurológicos, o de una depresión de un año en la que no sirva el “ya verás como se pasa”, o de que es arriesgado ir a Tetuán en silla de ruedas, y hasta que no lo vives no lo entiendes; pero eso tampoco justifica que nadie me deje tirada. Lo siento mucho, pero a los desertores… ni agua.

Soy humana, soy pequeña, soy vulnerable y carezco de sentido en este mundo de locos, y, además de todo eso, reivindico mi derecho a querer y a que me quieran. Tengo pocos amigos, lo sé, pero son verdaderos, y espero que ellos lo sepan tan bien como yo.

¿Qué haría sin vosotros? =)

5 respuestas a “un contrato llamado amistad

    1. Hola! gracias por los ánimos!

      Sé que soy joven, y eso tiene su parta mala también. Hay cosas que no me ha dado tiempo a aprender, o a re-aprender. Soy nefasta en decirle a una persona cómo me siento, o qué siento por ella, cara a cara. Me cuesta mucho trabajo y, aunque voy aprendiendo poco a poco, a veces y muchas veces me callo cosas.

      Pero creo que es importante que la gente que lucha por ti cuando te quedas sin fuerzas sepan que son lo más importante de tu vida, amigos o familia, y yo he querido demostrar aquí que se merecen una gran parte de mis pensamientos diarios. Cuando digo “¿Qué haría sin vosotros?” no me refiero a dependencia física por la ataxia, me refiero a dependencia emocional como humana que soy.

      Es que no sé si quedaba claro =)

      Un beso!

      Carmen.

  1. Mí opinion sobre la amistad, por mí experiencia, puedo decir que la gente cambia en un sg, que tipos de amigos hay muchisimos, amigos de bares, de infancia, de colegio, de facultad, de borrachera, de un día., de viajes….tambien te digo que tambien se pierden y que otros nunca lo fueron….así que amigos amigos hay pocos y solamente tú sabes cuales son, pero igual de importante es aprender a estar sólo porque entonces potencias a tus amigos y aun mejor ,a tí misma… porque disminuye la dependencía de gente que todos tenemos pero que nunca reconocemos………somos animales de compañia y nos aclimatamos o nos aclimorimos……es sólo mí opinión, la de un loco más..

    Me alegro de que vuelvas a escribir.

  2. Los que saben de letra pequeña son pocos, pero “güenos”. A veces una se lleva sorpresas respecto a los amigos (sorpresas de todo tipo) pero los “güenos” siempre se quedan.
    Totalmente de acuerdo con Ricardo cuando dice “pero igual de importante es aprender a estar solo, porque entonces potencias a tus amigos y aun mejor ,a tí misma… ” Aunque este aprendizaje apasionante y difícil puede durar toda la vida. Creo que tú sabes de esto bastante.
    CONFÍA , porque tu camino y tu aprendizaje son y van a ser buenos. VIVE y hazlo siempre que puedas a tu manera. ACÉRCATE a vivir con la valentía con que vive tu espíritu, y tu espíritu, Carmen, es valiente y libre. DISFRUTA de tus amigos (como tu dices tanto en los buenos como en los malos ratos). DIRIGE la mirada en tu soledad y RECUERDA que la gente que te ama estarán cerca cuando lances una llamada, o cuando tú quieras. Preguntémosle al corazón y sabremos: Quien nos quiere, lo hace incondicionalmente.

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