descubriéndome

¿Os he dicho alguna vez que estoy muy harta de las condiciones sociales? Esto es así, esto no, aquello es bonito y lo de más allá es imposible. ¿Por qué? Porque la mayoría es así. Y todos tenemos que ser iguales, faltaba más.

Siempre me he sentido rara, sinceramente, y no por la silla de ruedas. De hecho creo que es lo que menos me ha condicionado en la vida, mi limitación física. El problema es que culpaba a mi condición de todos mis males, que en el fondo son barreras psicológicas que me imponía a mí misma.Y ahora que he crecido interiormente y he ido liberando lastres por el camino, veo mi enfermedad como una característica física. Y a mi silla de ruedas como un complemento. Sí. A Carmen la definen muchas más cosas que una enfermedad. Los gustos, los valores, la forma de ser… Todo eso está por encima de mi discapacidad, y dirigido por algo más importante que mi discapacidad. Y aún así, aún teniendo eso claro desde hace tiempo, me siento rara. Diferente. Anormal.

Hablemos de cosas vergonzosas. Hablemos de sexo.

Seguro que la mayoría de vosotros habéis visto a algún famoso ligerito de ropa y habéis pensado “qué bocado le daba”. ¿A qué si, pilluelos? Bien… pues yo no. Es decir, evidentemente los he visto, están en todas partes…  pero nunca he sentido esa atracción. Nunca me han gustado y nunca me gustarán los chicos con musculitos marcados que salen en las revistas. Nunca, sexualmente hablando. Aunque pueden parecerme atractivos estéticamente. Quiero decir, para mi ver una foto de un modelo curtido es equivalente a ver una foto del David de Miguel Ángel… sí, las proporciones, los cánones, la belleza… pero nada más allá.

El problema, y por lo que me sentía tan diferente, es que recuerdo varios casos en los que llegué a manifestar mi opinión. Públicamente. Y no hay nada más peligroso que el intentar pensar por uno mismo delante de la gente. Recuerdo a mis amigas preguntarme por un chico, evaluar físicamente a alguien que se cruza en al camino… y no saber responder. Sabía lo que responderían ellas, pero, ¿debía decir yo lo mismo, aún no sintiendo esa atracción joven y desenfrenada? Incluso recuerdo aventurarme a decir “es guapo, pero no me gusta como a vosotras”; y recibir burlas a cambio. Incluso ser calificada de mentirosa. Un par de años después, seguían sin provocarme esa sensación ningún chico. Soy heterosexual, siempre lo he tenido claro, pero nunca me ha deslumbrado nadie al verlo por primera vez. Aun después de verlo repetidamente por televisión, tampoco le cojo el gusto. De esa época recuerdo varios casos de no sentirme atraída, pero comportarme como si lo hiciera. Porque debería atraerme, es lo suyo, porque todo el mundo siente esa atracción, ese cosquilleo. Es lo normal, y como es lo normal, es lo correcto.

Pero aún intentándolo resultaba un fracaso estrepitoso. Mis amigos más cercanos y mis parejas siempre han tenido alguna pega física… o más de una. Pero esas pegas no las veía yo; porque el físico, como he dejado claro antes, me resulta bastante superfluo. Para mí eran tan atractivos como cualquiera, sobre todo a los que quería mucho. Cuanto más cercano, más bonito era. Pero para el resto de la gente eran… “bueno, normalito”. Y el tener alguna relación sin seriedad, una noche loca, o decir si te he visto no me acuerdo…jamás lo he conseguido.

Y de pronto pasé a ser la tonta que no se lanzaba, la que desperdiciaba su libertad y su cuerpo juvenil, la siesa. Y yo me excusaba con mi condición física, “es que es difícil, es que no ando, es que no puedo, es que así nadie se fija en mí”. Mis amigas se reían y me decían que con sonreír dos veces tenía detrás a media Sevilla, pero yo me había repetido tantas veces la misma mentira, que acabé creyéndomela. Sentía que no valía, que no era una opción buena para nadie, que no resultaba agradable mi compañía. Aunque es cierto que tampoco deseaba lanzarme hacia nadie, y si no hubiera sido la excusa de la silla habría usado cualquier otra. Pero yo me creía mi papel, creía que no estaba a la altura, pese a todo.

Y con todo este sin sentido en mi interior, llega a mi como por destino, la palabra demisexualidad. Y como curiosa que soy busco sobre ello. ¿Qué es la demisexualidad? Encontré millones de resultados, y todos venían a decir lo mismo:

“La demisexualidad la experimenta quien no siente atracción sexual en base a un físico, sino únicamente por personas con quienes tenga una conexión emocional fuerte, ya sea amor profundo o una amistad muy grande. Sin esos vínculos, sin esa honda relación previa, es incapaz de sentir atracción por ninguna persona. Se suele hablar de la demisexualidad como una especie de asexualidad temporal, únicamente se despierta la sexualidad de la persona que la tiene con el paso del tiempo y ciertas experiencias vitales con otra persona muy afín. En el caso de que se destruyan esos vínculos emocionales, la atracción sexual también se evapora.”

Y ahí estaba yo. Todos mis miedos, todos mis sin sabores, todas las burlas… todo, lo volví a vivir todo, cada uno de ellos. Porque de pronto una página web -o millones, mejor dicho- me decía que soy totalmente válida tal y como soy. Que puedo decir no. No. Yo soy así, y yo quiero esto… porque nadie está obligado a pensar como la gran mayoría, y nadie está obligado a sentir como la gran mayoría. Yo tengo unos intereses distintos, y existe más gente con mis intereses. Y no soy tonta por no tener relaciones esporádicas o de una noche. Ni desagradable. Es tan simple como que no quiero una relación sexual, quiero una relación sentimental. Porque es lo que me llena, y es lo que me aporta.

Y estoy orgullosa de ser demisexual. Ea.

recuerdos del equinoccio de otoño

Todavía me acuerdo de la primera vez que te vi.

Acudiste diligente al escuchar tu nombre. Tú y tu amigo, pues de momento debía enfrentarme a dos rostros nuevos; ya llegaría el momento de ponerles cara a toda la manada de lobos. Me habían preparado fugazmente para saber vuestros nombres y un par de rasgos de la personalidad de cada uno del grupo, pero no tenía forma de identificaros físicamente. Sin embargo, de los dos chicos que entraron a escena, solamente me fijé en uno.

Tuvo que ser el destino.

Lo primero en lo que reparé fue en una camiseta verde intenso, verde vivo. Un color que yo nunca me pondría pero que le sentaba increíblemente bien a aquella piel pálida. La camiseta, relativamente ajustada, mostraba una figura bonita y bien formada, con unos brazos fuertes cruzados al pecho. No sabía de qué se estaba defendiendo, pero era evidente que algo le ponía nervioso. Solo esperaba no ser yo; él era un lobo, no podía tenerle miedo a su víctima. Por la mirada experta que tu acompañante le dirigió a un dibujo que había por allí, supe que tú eras tú; el interesante chico de la camiseta verde… Y, no lo niego, aumentó mi curiosidad por ti.

No eras como te había imaginado. Tú eras el gracioso, el buena gente, el amigable… Contigo iba a ser fácil. Sin embargo tenías una expresión tan distante, tan seria, tan solemne. Y seguías de brazos cruzados como si fueras un soldado de la guardia real británica. Creo que en ese momento ni me dedicaste una mirada. Claro que puedo estar equivocada, me podían los nervios por lo que aguardaba escaleras abajo.

Una vez en el sótano escuche tu voz por primera vez con claridad. Armado con un plato de tortitas, estabas reclinado sobre la mesa como un cachorrito, con los ojos desbordantes de ilusión; y decías, con esa risa ligera, fresca y contagiosa, que había que esperar al anfitrión para empezar a devorar aquella merendola; sin embargo te lo estabas comiendo todo con la mirada. Eras una imagen tierna. Ya no parecías un soldado, más bien eras un niño mono.

Y entonces te dirigiste a mí. “En casa del pobre, reventar antes que sobre”. Esa fue la primera frase que me dijiste. Yo no sabía qué hacer. Todos me mirabais esperando a que empezara a reírme, y que terrible decepción os llevasteis.

No me acuerdo exactamente de como terminamos arriba en el salón viendo una película todos juntos. Ni de como escogimos los asientos. Ni siquiera de lo que pasaba en la película. Solo me acuerdo de que el interesante chico de la camiseta verde estaba sentado a mi lado derecho, en aquel sofá tan blandito. Solo me acuerdo de echar mi peso descaradamente hacia la izquierda, para no caer contra ti y tocarte. Solo me acuerdo de como tus brazos cruzados me rozaron en un par de ocasiones haciendo que no cupiera en mí del nerviosismo. Solo me acuerdo de tu móvil bailando delante de mis ojos con fotos de libros, micro relatos y frases sentidas.

Me asusté un par de veces viendo la película y recé todo lo que supe para que no te dieras cuenta… pero ya sabes que rezar no se me da muy bien. Me reí al ver tu cara de incredulidad, pero en el momento del sobresalto me hubiera gustado cogerte la mano. Para consolarme por el mal trago prometiste prestarme unos libros. Me pareció increíble, no me conocías de nada; querías alguien con quien comentar el libro, pero yo no sabía hablar contigo; además no parecía que fuera a verte de nuevo pronto… Todo era tan raro. Sonaba a promesa vacía.

Y entonces te marchaste. Bueno, os marchasteis, pero tú fuiste el último en salir de la habitación y, al contrario que todos tus acompañantes, te volviste hacia mí, clavaste tus ojos en los míos y dijiste a modo de despedida: “Te haré llegar esos libros. No sé cómo pero te los haré llegar” Y con una ligera inclinación de cabeza, perdí de vista el vivo destello verde.

En ese momento supe que necesitaba volverte a ver.

carta a mi yo de quince años

Muchas decisiones que tomamos en la vida, cómo nos comportamos, con quién nos relacionamos o cómo nos relacionamos, están sujetas a preguntas y comentarios indiscretos e impertinentes de los que nos rodean. Parece que todo el mundo tiene una opinión sobre lo que hacemos, no importa cuán insignificantes esas cosas puedan parecernos, pero nuestros familiares, amigos, compañeros, vecinos e, incluso, extraños las cuestionan. Nos cuestionan. A veces la gente puede llegar tan lejos que hasta te piden una explicación de las decisiones que tomas y los pasitos que vas dando. Aún no tengo muy claro si es por curiosidad, aburrimiento, o por incapacidad mental.

Tienes que aprender que tu vida no es de la incumbencia de nadie: ni tu pareja, ni tu familia, ni tus amigos, y menos de tus vecinos. Tu vida es tuya y solo tuya; por lo que tú, y solo tú, tienes derecho a decidir sobre ella, a compartir lo que quieras y guardarte lo demás; y tú y solo tú tienes derecho a equivocarte haciendo todas estas cosas y aprender de tus errores.

También tendrás que aprender que, socialmente, te vas a ver obligada a responder. Porque si no lo haces o declaras que no tienes intención de hacerlo, serás tildada de desagradable. Desagradecida. Injusta. Traidora. Asocial… Además todo el mundo lo hace, ¿no? Con lo cual deberías hacerlo tú también. Ejemplo de aprendizaje por imitación de conducta, pero, ¿qué pasa si la conducta está equivocada? Cuando un niño pequeño ve series o películas de acción tiende a imitar a los buenos y no a los malos, por el simple hecho de que los malos siempre reciben castigo y los buenos se elevan a la categoría de héroe, y siempre tienen algún premio. Y ese constante irrumpir en vidas ajenas es algo malo. Muy malo. MALO, así con mayúsculas. Dime, ¿cómo te sientes cuando todos están pendientes de tus movimientos y decisiones? No es necesario que le pongas nombre, solo cierra los ojos y dale alas a la imaginación; recuerda… ¿Ya? … No es bonito, ¿verdad?

¿Cómo se puede permitir eso? Juzgar hasta sembrar en corazones inocentes el miedo al qué dirán; miedo que germina en un absoluto sacrificio. Llegamos a tener tanto respeto a la opinión pública que renunciamos a gustos, preferencias, sueños… No vestir así, no estudiar aquello, no ir a tal sitio, no hablar con aquel chico… Es una forma muy cruel de dañar a los demás. De obligar; de dirigir; de manipular… ¿De verdad se puede dejar sin castigo a quién nos obliga a renunciar a nuestra felicidad para no ganarnos unas críticas tan hirientes como absurdas? ¿Acaso una persona así no es un completo villano? Pero, tristemente, parece que en vez de recibir su merecido, es hasta habitual que se jacten y vanaglorien de su hazaña. Es más, algunas instituciones lo han puesto de moda, como la Iglesia Católica…

Es decisión tuya cómo quieres vivir y no tienes que contar ni explicar nada a los demás si no lo deseas. Si estás viendo de nuevo a tu ex, si te andas paseando de motel en motel por todo el país, si decides irte a estudiar a otra ciudad, o si sigues viviendo con tus padres con más de treinta  años… Nadie tiene derecho a cuestionar la validez de tus prioridades; ni tienes que disculparte ante nadie si no lo sientes, si no te sientes culpable nadie debe coaccionarte a ello. Tampoco le debes a nadie una explicación por necesitar estar tiempo solas. Atrévete a vivir cómo realmente quieres, como te gusta…. Una enfermedad rara es complicada, un ictus es complicado, una miocardiopatía es complicada,  un problema familiar es complicado. Vivir de forma ajena al qué dirán no es complicado. Es más, es una liberación.

Esta sociedad necesita alguien que grite y pare los pies a esos… insensibles. Pero no tenemos ley que lo regule, ni rascacielos desde los que pueda colgarse Spiderman para hacer justicia por nosotros; así que no podemos hacer otra cosa que luchar individualmente para que, al menos hacia uno mismo, ese comportamiento acabe. Te conozco, aunque no te lo quieras creer. Sé que eres una persona valiente, pero no confías mucho en eso, porque tienes miedo. Y te has repetido tantas veces la mentira de que no puedes que ha acabado por ser verdad.

Quiero que salgas de ahí; de esa trampa. Quiero que seas feliz.

Nos vemos en unos años.

dando el primer paso

Es un rollo estar resfriado, nadie me lo va a negar. Más aún cuando tienes ataxia. Los mocos, el cansancio… es como si algo te succionara la energía, cuesta respirar, notas como tus vías respiratorias se obstruyen y no eres capaz de levantarte de la cama sin caerte. En resumidas cuentas, un asco.

Pues ese es mi estado actual, hecha un trapito. Pero esta vez no me pesa tanto, es un souvenir de una genial experiencia. Han sido 8 inolvidables días, de convivencia, de aprendizaje, de experiencia toda positiva. Es un placer aprender arquitectura de una forma tan directa, tan tangible. De repente van encajando piezas en tu cabeza. La carpintería de este, el emplazamiento de aquel, la luz de tal sitio, el detalle del vuelo del otro, el dolor de cabeza que generan algunos espacios, la tranquilidad de aquellos de más allá… Son recursos que se quedan grabados en tu interior y que luego, a la hora de coger un papel y un boli, parece que salen casi inconscientemente.

Pero no es lo único que he aprendido. He ganado un punto positivo en habilidades sociales, oh yeah. ¿Cómo? Pues ni idea, pero creo que ha sido lo mejor del viaje. Hacer amigos, en tan poco tiempo, con tanta facilidad… Justo es que le reconozca el mérito a mi intermediaria, me lo ha hecho bastante más ameno. Me ha permitido mostrarme con naturalidad y confianza, aunque estuviera muerta de miedo. Incluso he tenido dos crisis de autoestima en este viaje, llanto incluido; pero han sido muy puntuales. También es verdad que he estado acompañada de gente magnífica, siempre dispuesta… escaleras arribas, escaleras abajo, las cuestas de Basilea y las puertas de Le Corbusier.

Pero creo que el secreto ha sido romper el hielo yo y no esperar a que lo hicieran los demás. La gente tiene curiosidad por mí. La ataxia, con todo lo que ello implica, lo que puedo hacer, lo que no, en que curso estoy, como soy tan tímida pero contesto con tanto desparpajo a determinadas personas, ¿qué ha pasado entre ellas y yo? Siempre he esperado a que la gente pregunte y sacie su curiosidad cuando ellos quieran. El problema, es que se me olvidaba que a los del otro lado de la frontera pueden no atreverse a cruzar la línea que nos separa a mí y a la “normalidad”. Miedo, pudor, apuro… hay la misma distancia entre dos puntos, en ambas direcciones. Si para mi es difícil, ¿por qué para ellos no lo va a ser? Así que empecé yo: Oigo mal, tengo un cuarenta por ciento de pérdida de audición y tengo audífonos, aunque no los llevo puestos… Y así se me abrió el cielo.

No lo niego, no las tenía todas conmigo. Más bien no tenía ninguna. Ha sido la primera vez que pongo en práctica este método, y tenía miedo. A convertirme en el mono de feria del viaje, la distracción momentánea, a dar un voto de confianza a gente absolutamente desconocida y recoger indiferencia o algo peor; me he cruzado con gente tan cruel que ya no me sorprende nada… En definitiva, miedo a sufrir. A eso tenía miedo. Pero bueno, si no arriesgas no ganas… y ya que estoy acostumbrada a ser bastante transparente en las relaciones ya establecidas,  ¿por qué no en las que van a establecerse? Por probar…

He descubierto que es mejor aclarar que dejar que te pregunten, no esconder tu problema, mostrarte cómo eres sin ninguna pretensión ni vergüenza, así con ataxia; y mi ataxia es más de lo que se ve por fuera. He descubierto que ese simple gesto de destaparse delante de alguien es suficiente para que ese alguien se muestre receptivo contigo. He descubierto que hasta la persona que me puede parecer más magnífica y maravillosa del mundo puede llevar una procesión por dentro; y puede que le cueste tanto, o más que a mí, salir de su ensimismamiento. Y si llamas a la puerta con suavidad “toc, toc, ¿me dejas entrar?” no te va a morder nadie, por muy distante que pueda parecer.

Arriesgué, y gané.

Ruta en torno al Jura 2014.

historia de un pensamiento

Desde hacía tiempo no era ella. Hace más o menos un mes algo cambió, aunque no identificaba muy bien el qué, ni por qué. ¿Qué se había apoderado de ella? ¿La apatía? ¿Quizás el miedo? ¿Negación de lo evidente? O quizás que estaba más concienciada que nunca de que su vida era… diferente. Ella tenía demasiadas diferencias con el resto del mundo, aparte de su fiel compañera, eso lo sabía bien; pero igualmente sabía que ser diferente no era malo. Y lo sabía de verdad, no porque alguien se lo hubiera repetido insaciables veces, no: ella lo sabía. De estas certezas que definen tu forma de ser, de esas cosas que hacen que te brillen los ojos y te tiemble la voz cuando alguien asegura lo contrario, de esas convicciones que solo se ganan con la experiencia. Tenía comprobado que la gente diferente era menos aburrida. ¿Qué había pasado? ¿Lo había olvidado acaso?

La frase de su psicólogo resonaba en su mente: “está demostrado que los pequeños acontecimientos diarios son mayor fuente de estrés que un gran suceso” Se lo había repetido varias veces. Eso ya lo sabía ella, no se le había muerto nadie. Pero, ¿por qué ahora? No se había sumado ningún factor nuevo a su vida, ningún hecho físico, sólo un estado anímico que le impedía sacar partido a su tiempo. Nadie sabía cuan cerca estaba de tirar la toalla. Mejor dicho: las toallas. Llevaba varias al cuello.

Estaba sentada en la cama, pensando, a veces en voz alta. Miró a su amiga, negra como el azabache y de sinuosas curvas, que aguardaba a su lado sobre la alfombra verde que se extendía a los pies de la cama. “Quizás sea eso” dijo observándola, como esperando respuesta. Pero ni siquiera ella era tan estúpida para eso. A veces jugaba a que realmente era su amiga, o más que eso una extensión de sí misma. Su apariencia, su color, su peso, sus formas… de alguna manera definían su personalidad; siempre estaba a su lado, mientras dormía, comía, estudiaba o pensaba. A veces jugaba a que entendía como se sentía. Pero esperar respuesta de una silla de ruedas era demasiado fantasioso, incluso para una mente tan imaginativa como la suya. No obstante no abandonó su teoría.

Quizás fuera eso, que llevaba demasiadas toallas encima. Empezó a contar: su carrera, su hermano, su rehabilitación física, la psicológica, su madre, su padre, su degeneración, sus abuelos, su proyecto para una asociación, su proyecto para otra… alguna más había, pero se cansó de contar. Eran de materiales distintos y algunas pesaban más que otras. Había conocido a mucha más gente con su enfermedad, pero no con tantas toallas. Y si… ¿tiraba alguna?

¿Cómo se te ocurre? – preguntó una voz en su cabeza en cuanto se planteó la pregunta. Estaba indignada, casi dolida.

No… bueno… Solo era una idea – se excusó de inmediato.

No convenía hacer enfadar a esa vocecita orgullosa, de sobra lo sabía. Nunca lo había pasado peor que cuando se enfadaba consigo misma, era incluso peor que vomitar, la sensación que ella más odiaba en el mundo entero. Aquellos genes norteños tenían mucho temperamento.

Una mala idea – puntualizó. Si hubiera sido una persona podría haber visto su rostro con los ojos entrecerrados y las aletas de la nariz distendidas.

¿Mala? No estaba segura. Es verdad que todas esas tareas las había aceptado por decisión propia, nadie la obligaba a tomarlas. Y nadie la obligaba a continuar. Detuvo el curso de sus pensamientos momentáneamente, pues esperaba que su voz interior se manifestara indignada, pero no lo hizo. Parecía haberse esfumado, de modo que siguió pensando. No podía evitar la sensación de que hacía aquello por obligación, para no decepcionar a alguien, o para demostrar a alguien que ella podía hacerlo igual que cualquiera y dejar constancia de su valía. Pero estaba empezando a dudar de que ella pudiera, de que ella valiera… ¿Cuánto hacía desde la última vez que perdía el tiempo en cosas placenteras? No en perder el tiempo leyendo libros de su hermano pequeño, tirada en la cama, delante de la tele, o en cualquier cosa sin emoción. Ella se refería a dedicar tiempo a sus hobby, como hacer pulseras de hilo. ¿Cuánto tiempo hacía que no dibujaba?

Demasiado –  su voz interior contesto por ella con profunda pena. De modo que no se había esfumado. – Nadie te obliga muchacha, no lo hagas tu misma.

Muchacha. Saboreo la palabra. Estaba claro que no era una niña, aunque tampoco tenía edad para ser una mujer. Sin embargo todo el mundo le decía que era lo suficientemente lista y madura para comportarse como una mujer. ¿Acaso se obligaba a si misma? ¿Quería demostrarse algo a si misma? No, era absurdo. Se conocía demasiado bien para auto engañarse. Había aceptado aquello… por placer. No todo, claro está, no podía elegir sus condiciones. No podía detener su degeneración a su antojo, igual que no podía hacerla avanzar más rápido; pero podía actuar en consecuencia. Le gustaba dibujar, pero igualmente le gustaba su carrera, le gustaba el deporte, sus amigos…

Y si te gusta ¿por qué no sigues haciéndolo? – no se refería a abandonar o no, se refería a ese mes que llevaba como muerta en vida, a por qué había parado. La conciencia esperó a que siguiera el discurso, pero nada ocurrió. Era evidente que no lo sabía. – Te exiges demasiado…

… a ti misma. Eso decía su padre, y sus profesores. Pero algo de placer encontraba en ello también. Ponerse metas y conseguirlas, con dedicación, esmero, cuidado… Eran metas altas, pero no sabía dar otra cosa que no fuera lo mejor de sí misma. Y no os creáis que no lo había intentado, pero no sabía, siempre volvía al mismo método. En cierto modo le gustaba superarse a sí misma. Ya sabía que la silla no era lo único raro en ella.

Bueno, si te gusta sigue. Sigue exigiéndote demasiado. Sigue aunque nadie te entienda. Pero sigue.

¡No puedo! – pensó exasperada – Volvemos al principio de todo. Después de tantas vueltas no hemos avanzado nada, ¿qué me pasa Pepito Grillo?

Se dejó llevar por su rabia y no pudo ocultar su ironía. Noto un grave gruñido en el interior de su pecho, y pensó que estaba al borde de una de las peores experiencias de su vida. Pero cuando su voz contesto lo hizo de forma muy tranquila. Al fin y al cabo, necesitaba un nombre y ese era tan bueno como otro cualquiera. Además Pinocho era una gran historia.

Claro que has avanzado, ya sabes que abandonar no es la solución.

Tenía razón, como siempre. Pero…

¿Qué me pasa Pepito Grillo? – esta vez su tono no era irónico, sino desesperado y cansado, al borde del llanto.

Soy tu conciencia, no un adivino – Se dio cuenta de que al ponerle nombre le había otorgado género. – No obstante –  continuó ya que no había respuesta de su compañera, que volvía a deprimirse  – te recomiendo que intentes retomar tu vida. Ya sabes que para atrás no hay salida, no tienes más remedio que salir para adelante.

No quiero – pensó con furia. Se había hecho un ovillo en la cama  y se negaba a seguir con su hilo de pensamientos. Se tapó con las sábanas y cerró los ojos con fuerza.

¿Y eso?

– Me he cansado de luchar.

Mientes – silabeó.

¿Y tú qué sabes? –acusó la niña con enojo. Ahora se sentía una niña, todo este mes se había sentido una niña.

Porque soy tu conciencia y lo sé. Mientes –contestó con calma infinita. Estaba seguro de su victoria.

Se destapó y se tumbó mirando al techo. Sí, mentía. Y como había dicho antes, se conocía demasiado bien para auto engañarse. Pero es que era todo tan injusto…

– Nadie ha dicho que la vida tenga que ser justa, bonita.

Ya lo sabía, y también era consciente de que era igual de injusta con quien no tenía una silla debajo del culo que con los que sí la tenían. Pepito Grillo tenía razón si ella no salía de esa situación, nadie iba a salir por ella. Y solo podía salir para adelante.

– ¿Manos a la obra? – preguntó contento.

Manos a la obra, Pepito.

Se levantó y encendió su portátil decidida a volver a sumergirse en su mundo de líneas de colores. Mientras su Windows 8 le daba la bienvenida notó como la voz de Pepito se iba apagando y se retiraba contento por la determinación de su compañera, esa que hacía tanto tiempo que no veía. La dejaba sola… pero sabía que volvería cuando le necesitara. Un silbidito, y…

3, 2, 1… ¡acción!

… CRASH!!

Y se rompió.

Así con un ruido tremendo. Así tan… frágil. No dio señales de agotamiento, ni fatiga. De repente se desintegró en mil pedazos, como un cristal al que hubieran aporreado con saña, o tirado al suelo, o pisoteado… o puede que todo eso junto.

Era un amasijo desagradable de ver. Los goterones de un rojo vivo contrastaban con el frío e impoluto blanco del suelo de mármol, provocando una imagen espeluznante, dura. La pequeña explosión había dejado un hueco profundo, y sin forma definida en el lado izquierdo de mi pecho; y solo me acuerdo de mirar aquella cosa en el suelo con los ojos muy abiertos, como queriendo comérmela con la mirada. Quería borrar aquella escena, hacerla desaparecer. Me empezaba a faltar el aire porque aquellos pedazos palpitantes no estaban donde tenían que estar; los dedos se me estaban durmiendo y la cabeza se me nublaba. Mis lágrimas caían sobre aquello con fuerza y desconsuelo, y con cada gota se derramaba un recuerdo. Se me difuminaba la vista. Me preguntaba si tendría solución, si aquello se pegaría con algún pegamento, como si de una pieza de alfarería se tratase. O si regeneraría solo, como las heridas de la piel. Fuera como fuese, parecía imposible que semejante destrozo volviera a estar como nuevo, imposible curar tanto daño…

Tenía tantas pregunta, tanto miedo, tanta inseguridad… Y sentía que se me escurría la vida entre las manos. Quise gritar y no pude. Quise llorar y no pude. Estaba nerviosa, mi cuerpo no respondía a nada aunque mi cabeza parecía más excitada que nunca. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no venía a ayudarme, a salvarme? Estaba sudando como nunca antes. Quería gritar su nombre. ¿Por qué me hacía eso? ¿No era yo tan importante? Acababa de darme cuenta de que estaba tirada en el suelo desde hacía rato, incapaz de moverme, solo la cabeza seguía dando vueltas. Distinguí dos pares de zapatos a una distancia prudencial de mi cuerpo, Esos zapatos. ¿Por qué me dejaba así? ¿No se daba cuenta de que me estaba matando? Decepción, y la herida del pecho se hizo más profunda. Dolor. Desolación. Furia. Rabia. Ira….

Y entonces todo se quedó oscuro.

rumbo a la monotonía

Día 1
(…)¿Por qué cuento los autobuses que pasan? Sin duda, porque son reconocibles y regulables: recortan el tiempo, dan ritmo al ruido de fondo. En última instancia son previsibles. Lo demás parece aleatorio, improbable, anárquico. Los autobuses pasan porque tienen que pasar, pero no hay nada que obligue a un vehículo a dar marcha atrás, o a un hombre que lleve una bolsa con una gran “M” de Monoprix, o a un coche que sea de color azul o verde manzana, o a un cliente pedirun café en vez de un semi… (…)

Día 2
(…) Pasan algunos autobuses. He perdido todo el interés por ellos. (…)

Tentativa de agotamiento de un lugar parisino.
Georges Perec.(1975)