a buen entendedor, sobran las palabras

(…) – Pero no necesitas palabras para decirme lo que sientes – dijo Matthew -. Te veo, incluso cuando te escondes del resto del mundo. Te oigo, incluso cuando guardas silencio.

Aquello era una pura definición del amor. (…)

El libro de la vida.
Deborah Harkness. (2015)

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cuando quiero hablar, pero no sé por dónde empezar

Hay veces que me siento jodidamente perdida. No sé qué hacer. No entiendo nada ni cómo pueden estar las cosas tan mal, y a la vez me parece sorprendentemente creíble que nadie quiera entenderme; todo es demasiado complicado.

¿Que qué me pasa? Que tengo depresión. No bastaba con lo que ya llevo encima, no… Creo firmemente que a cualquiera que medianamente me conozca y le pidas que me defina dirá: “Es una chica rara”. Y creo firmemente que tienen razón. Ser rara no tiene porqué ser malo, evidente, pero es llamativo cuanto menos. Y por si no llamaba la atención lo suficiente siendo rara, ahora tengo episodios depresivos.

Porque la depresión, queridos amigos, es una enfermedad. Un trastorno.

Es levantarse cada día  sentir una ola de cansancio, como si algo o alguien hubiera drenado toda tu energía, y deseas no estar ahí, consciente de todo, y volver a la cama a dormir. Así que simplemente finges que estas bien mientras tu mente te dice cuan inútil y desesperante es todo tu esfuerzo.

Es sentirse culpable porque no tienes la fuerza necesaria para hacer la más simpe de las tareas, como ducharse o lavarse los dientes.

Es mirarse al espejo y odiar lo que ves.

Es sentirse fracasada porque has tenido que dejar de estudiar y “pedirte una baja” y todo el mundo pregunta cuando vas a empezar a hacer algo, porque como la depresión está en mi cabeza mis males son imaginarios…

Es sentirse asqueada de una misma cada vez que pides ayuda.

Es sentirse un desecho humano porque cada vez que no controlo mis episodios depresivos le hago mal a mucha gente.

Es sentirse atrapada en un agujero profundo y oscuro, y no importa como de fuerte grites, nadie te oye.

Es sentirse idiota porque sabes que todos tus males son bobadas y completamente irracionales, pero no puedes hacer nada para evitarlos.

Es sentirse exhausta cada día porque lo intentas, te esfuerzas al máximo por hacerlo bien, a pesar de lo que tu mente te diga. Pones todo tu empeño en huir de ti misma, pero nadie se da cuenta de tu coraje… Y te sientes sola. Así que intentas explicar cómo funciona esta mierda, como te sientes, porque necesitas apoyos y necesitas amigos, necesitas compresión y que dejen de exigirte estar bien. Pero sabes que no funcionará, “sabes” que te van a juzgar.

… Y, desgraciadamente, muchas cosas más…

Es muy común decir “hoy estoy depre”, pero hay una diferencia abismal entre estar depre y tener depresión. Creo que cualquiera que haya visto mis episodios depresivos sabe que no hay punto de comparación y, a quien no, le pido un voto de fe. No os voy a aburrir con tecnicismos ni a contar algunas cosas que hago cuando se me va la cabeza, de las que no me siento nada orgullosa, aunque sí que reclamo vuestra atención por un ratito más. Supongo que necesito desahogarme, o comunicarme. Necesito asegurarme de que la gente lo entienda, al menos la cercana a mí; y creedme, ¡me cuesta mucho! No me siento con derecho a pedir nada, ni siquiera un trato distinto al que siempre he recibido. Pero mis circunstancias no van a cambiar de la noche a la mañana… Voy a seguir sintiéndome así de mal por un tiempo, aunque la primera que quiere que esto acabe soy yo misma, y necesito ese trato distinto.  Hay cosas que quiero decirle a mucha gente, pero sencillamente no tengo fuerzas de repetirlo persona a persona sin que me afecte de más. Por eso tengo que reflejar en algún sitio lo que me inquieta, aunque solo sirva para gritarlo al vasto e informe mundo de internet…

Así que si quieres entenderme o ayudarme o simplemente tienes curiosidad, sigue leyendo. Lo dejo a tu elección, no voy a pasar lista, te lo aseguro.

Yo no elijo estar triste.

Lo primero que quiero que entiendas es que no me levanto por las mañanas y me digo “Ostras, me apetece mucho estar hecha una mierda emocionalmente.” No. Simplemente algunos días esta porquería golpea con fuerza, y cuando eso pasa entiende que no hay una “solución” inmediata. Que no es que “pase de lo que me dice la gente”. Solo necesito compañía.

Tengo miedo por ti.

No quiero cargarte con mis problemas, la vida no es fácil para nadie, bien lo sé. Me siento culpable. No quiero que te preocupes. No quiero que me mires diferente, ni que pienses que soy “débil”, aunque esto sea mi mayor debilidad. Tengo miedo de que esto destruya todas las relaciones de mí alrededor y por eso prefiero que me destruya a mí misma.

Necesito saber que mi manera de ser cuando estoy en mis peores momentos no son representativas de mí.

De verdad que lo siento.

No sabes cuánto.  Cuando me abro a la gente en un episodio depresivo no es agradable, ni fácil. Mi irracionalidad y mi asco por mí misma pueden durar días, días de desgaste para el/la valiente que me ofrece ayuda. Si, efectivamente, pierdes la paciencia quiero que entiendas lo horrible que voy a sentirme, y  que voy a disculparme muchísimas veces, aunque me digas que no hace falta. Siento que no merezco alguien como tú en mi vida.

Cuando esto pase no pienso en hacerte chantaje, ni en dar pena, ni en agobiar a nadie…  realmente intento ser fuerte y que esto no pase, pero hay días que esta situación me gana la partida. Por favor, no me exijas entereza cuando estoy derrotada.

Cuanto más te alejo de mí, más te necesito.

¿Te suena eso de “quiéreme cuando menos  lo merezca porque es cuando más lo necesito”? Pues eso. Alejo a la gente porque pienso que están mejor sin mí, que soy nociva y no entiendo cómo podéis quererme. No es personal, tú no has hecho nada malo. Al contrario.

Y sin embargo tengo la esperanza y el absoluto convencimiento de que la compañía vendrá si no la quiero… Ese momento cuando alejo a la gente de mí y en vez de darse la vuelta vienen a abrazarme y a decirme que no estoy sola, es todo para mí. Y sé que no es fácil.

Cuando mi mente está en estado depresivo, nada es verdad, nada es lógico.

Yo no soy yo. Es lo que quiero que la gente entienda y perdone.

En los párrafos anteriores hablo de un comportamiento que parece que al escribir no tengo, que me doy perfecta cuenta de que describo pautas irracionales e incoherentes que ninguna persona de 25 años debería mostrar… No, no estoy loca. Ni lo insinúes. El problema es que en mis episodios depresivos no razono, mi cabeza está vacía. Solo pululan por ahí pensamientos negativos que, puede que sean absurdos, pero me los creo tan firmemente que no me dan opción a pensar o sentir otra cosa… “Nadie te quiere. Todos están  aquí porque les das pena. Eres un castigo para la gente de tu alrededor. Eres nociva. Eres mala. Esto es culpa tuya. Nadie te quiere. Vas a acabar sola. Esto no va a mejorar nunca…”

Te jode, lo entiendo. Estás pensando, “¿Cómo puede ser que esté yo ahí, que ayer hayamos salido de paseo, y hoy piense que nadie la quiere? ¿Me toma el pelo?” Volvemos al punto 1, yo no elijo estar mal.

Por favor no te vayas y, si tienes que hacerlo, dime que se solucionará, que no es mi culpa, que todo va a estar bien. Porque no es mi culpa tener depresión.

No estoy deprimida todo el tiempo.

Esto es un tópico parece. La depresión va y viene, el mejor día de mi vida puede estar seguido del peor y viceversa. Si parezco la persona más feliz del mundo, es porque en ese momento soy feliz. No finjo nada. Igualmente cuando estoy mal, es porque realmente estoy sufriendo. Tampoco finjo. Y cuando se acaba, se acaba.

No estoy bien siempre, no estoy mal siempre. Verte preocupado por mi cuando estoy bien, cuando estoy en plena posesión de mis facultades mentales, simplemente me mata. Soy muy transparente, sabes cuando estoy bien. Por favor no te preocupes de más, me hace sentir muy culpable.

Tienes mucho poder en mi vida.

Un mensaje agradable, un hola, una charla, una llamada, una conversación, un helado, un pequeño paseo, un cumplido, un abrazo, una caricia… Esas pequeñeces pueden arreglarme el día. Porque te quiero, y es la gente a la que quiero la que me da la fuerza que necesito para salir de aquí.

 

Te quiero, ya lo he dicho pero no viene mal repetirlo. Incluso en esos momentos en los que no me reconozco ni yo misma, en los que no actúo bien, en los que no soy yo, te quiero. Y te daré las gracias mil veces y te pediré perdón mil y una, no porque has elegido estar en mi vida, sino porque has elegido aceptarme así, querer esta parte de mí, quererme con todo, aunque yo misma no sepa hacerlo. Es por tu cariño y apoyo que me acuerdo de quererme a mí misma.

Gracias por estar ahí.

descubriéndome

¿Os he dicho alguna vez que estoy muy harta de las condiciones sociales? Esto es así, esto no, aquello es bonito y lo de más allá es imposible. ¿Por qué? Porque la mayoría es así. Y todos tenemos que ser iguales, faltaba más.

Siempre me he sentido rara, sinceramente, y no por la silla de ruedas. De hecho creo que es lo que menos me ha condicionado en la vida, mi limitación física. El problema es que culpaba a mi condición de todos mis males, que en el fondo son barreras psicológicas que me imponía a mí misma.Y ahora que he crecido interiormente y he ido liberando lastres por el camino, veo mi enfermedad como una característica física. Y a mi silla de ruedas como un complemento. Sí. A Carmen la definen muchas más cosas que una enfermedad. Los gustos, los valores, la forma de ser… Todo eso está por encima de mi discapacidad, y dirigido por algo más importante que mi discapacidad. Y aún así, aún teniendo eso claro desde hace tiempo, me siento rara. Diferente. Anormal.

Hablemos de cosas vergonzosas. Hablemos de sexo.

Seguro que la mayoría de vosotros habéis visto a algún famoso ligerito de ropa y habéis pensado “qué bocado le daba”. ¿A qué si, pilluelos? Bien… pues yo no. Es decir, evidentemente los he visto, están en todas partes…  pero nunca he sentido esa atracción. Nunca me han gustado y nunca me gustarán los chicos con musculitos marcados que salen en las revistas. Nunca, sexualmente hablando. Aunque pueden parecerme atractivos estéticamente. Quiero decir, para mi ver una foto de un modelo curtido es equivalente a ver una foto del David de Miguel Ángel… sí, las proporciones, los cánones, la belleza… pero nada más allá.

El problema, y por lo que me sentía tan diferente, es que recuerdo varios casos en los que llegué a manifestar mi opinión. Públicamente. Y no hay nada más peligroso que el intentar pensar por uno mismo delante de la gente. Recuerdo a mis amigas preguntarme por un chico, evaluar físicamente a alguien que se cruza en al camino… y no saber responder. Sabía lo que responderían ellas, pero, ¿debía decir yo lo mismo, aún no sintiendo esa atracción joven y desenfrenada? Incluso recuerdo aventurarme a decir “es guapo, pero no me gusta como a vosotras”; y recibir burlas a cambio. Incluso ser calificada de mentirosa. Un par de años después, seguían sin provocarme esa sensación ningún chico. Soy heterosexual, siempre lo he tenido claro, pero nunca me ha deslumbrado nadie al verlo por primera vez. Aun después de verlo repetidamente por televisión, tampoco le cojo el gusto. De esa época recuerdo varios casos de no sentirme atraída, pero comportarme como si lo hiciera. Porque debería atraerme, es lo suyo, porque todo el mundo siente esa atracción, ese cosquilleo. Es lo normal, y como es lo normal, es lo correcto.

Pero aún intentándolo resultaba un fracaso estrepitoso. Mis amigos más cercanos y mis parejas siempre han tenido alguna pega física… o más de una. Pero esas pegas no las veía yo; porque el físico, como he dejado claro antes, me resulta bastante superfluo. Para mí eran tan atractivos como cualquiera, sobre todo a los que quería mucho. Cuanto más cercano, más bonito era. Pero para el resto de la gente eran… “bueno, normalito”. Y el tener alguna relación sin seriedad, una noche loca, o decir si te he visto no me acuerdo…jamás lo he conseguido.

Y de pronto pasé a ser la tonta que no se lanzaba, la que desperdiciaba su libertad y su cuerpo juvenil, la siesa. Y yo me excusaba con mi condición física, “es que es difícil, es que no ando, es que no puedo, es que así nadie se fija en mí”. Mis amigas se reían y me decían que con sonreír dos veces tenía detrás a media Sevilla, pero yo me había repetido tantas veces la misma mentira, que acabé creyéndomela. Sentía que no valía, que no era una opción buena para nadie, que no resultaba agradable mi compañía. Aunque es cierto que tampoco deseaba lanzarme hacia nadie, y si no hubiera sido la excusa de la silla habría usado cualquier otra. Pero yo me creía mi papel, creía que no estaba a la altura, pese a todo.

Y con todo este sin sentido en mi interior, llega a mi como por destino, la palabra demisexualidad. Y como curiosa que soy busco sobre ello. ¿Qué es la demisexualidad? Encontré millones de resultados, y todos venían a decir lo mismo:

“La demisexualidad la experimenta quien no siente atracción sexual en base a un físico, sino únicamente por personas con quienes tenga una conexión emocional fuerte, ya sea amor profundo o una amistad muy grande. Sin esos vínculos, sin esa honda relación previa, es incapaz de sentir atracción por ninguna persona. Se suele hablar de la demisexualidad como una especie de asexualidad temporal, únicamente se despierta la sexualidad de la persona que la tiene con el paso del tiempo y ciertas experiencias vitales con otra persona muy afín. En el caso de que se destruyan esos vínculos emocionales, la atracción sexual también se evapora.”

Y ahí estaba yo. Todos mis miedos, todos mis sin sabores, todas las burlas… todo, lo volví a vivir todo, cada uno de ellos. Porque de pronto una página web -o millones, mejor dicho- me decía que soy totalmente válida tal y como soy. Que puedo decir no. No. Yo soy así, y yo quiero esto… porque nadie está obligado a pensar como la gran mayoría, y nadie está obligado a sentir como la gran mayoría. Yo tengo unos intereses distintos, y existe más gente con mis intereses. Y no soy tonta por no tener relaciones esporádicas o de una noche. Ni desagradable. Es tan simple como que no quiero una relación sexual, quiero una relación sentimental. Porque es lo que me llena, y es lo que me aporta.

Y estoy orgullosa de ser demisexual. Ea.

recuerdos del equinoccio de otoño

Todavía me acuerdo de la primera vez que te vi.

Acudiste diligente al escuchar tu nombre. Tú y tu amigo, pues de momento debía enfrentarme a dos rostros nuevos; ya llegaría el momento de ponerles cara a toda la manada de lobos. Me habían preparado fugazmente para saber vuestros nombres y un par de rasgos de la personalidad de cada uno del grupo, pero no tenía forma de identificaros físicamente. Sin embargo, de los dos chicos que entraron a escena, solamente me fijé en uno.

Tuvo que ser el destino.

Lo primero en lo que reparé fue en una camiseta verde intenso, verde vivo. Un color que yo nunca me pondría pero que le sentaba increíblemente bien a aquella piel pálida. La camiseta, relativamente ajustada, mostraba una figura bonita y bien formada, con unos brazos fuertes cruzados al pecho. No sabía de qué se estaba defendiendo, pero era evidente que algo le ponía nervioso. Solo esperaba no ser yo; él era un lobo, no podía tenerle miedo a su víctima. Por la mirada experta que tu acompañante le dirigió a un dibujo que había por allí, supe que tú eras tú; el interesante chico de la camiseta verde… Y, no lo niego, aumentó mi curiosidad por ti.

No eras como te había imaginado. Tú eras el gracioso, el buena gente, el amigable… Contigo iba a ser fácil. Sin embargo tenías una expresión tan distante, tan seria, tan solemne. Y seguías de brazos cruzados como si fueras un soldado de la guardia real británica. Creo que en ese momento ni me dedicaste una mirada. Claro que puedo estar equivocada, me podían los nervios por lo que aguardaba escaleras abajo.

Una vez en el sótano escuche tu voz por primera vez con claridad. Armado con un plato de tortitas, estabas reclinado sobre la mesa como un cachorrito, con los ojos desbordantes de ilusión; y decías, con esa risa ligera, fresca y contagiosa, que había que esperar al anfitrión para empezar a devorar aquella merendola; sin embargo te lo estabas comiendo todo con la mirada. Eras una imagen tierna. Ya no parecías un soldado, más bien eras un niño mono.

Y entonces te dirigiste a mí. “En casa del pobre, reventar antes que sobre”. Esa fue la primera frase que me dijiste. Yo no sabía qué hacer. Todos me mirabais esperando a que empezara a reírme, y que terrible decepción os llevasteis.

No me acuerdo exactamente de como terminamos arriba en el salón viendo una película todos juntos. Ni de como escogimos los asientos. Ni siquiera de lo que pasaba en la película. Solo me acuerdo de que el interesante chico de la camiseta verde estaba sentado a mi lado derecho, en aquel sofá tan blandito. Solo me acuerdo de echar mi peso descaradamente hacia la izquierda, para no caer contra ti y tocarte. Solo me acuerdo de como tus brazos cruzados me rozaron en un par de ocasiones haciendo que no cupiera en mí del nerviosismo. Solo me acuerdo de tu móvil bailando delante de mis ojos con fotos de libros, micro relatos y frases sentidas.

Me asusté un par de veces viendo la película y recé todo lo que supe para que no te dieras cuenta… pero ya sabes que rezar no se me da muy bien. Me reí al ver tu cara de incredulidad, pero en el momento del sobresalto me hubiera gustado cogerte la mano. Para consolarme por el mal trago prometiste prestarme unos libros. Me pareció increíble, no me conocías de nada; querías alguien con quien comentar el libro, pero yo no sabía hablar contigo; además no parecía que fuera a verte de nuevo pronto… Todo era tan raro. Sonaba a promesa vacía.

Y entonces te marchaste. Bueno, os marchasteis, pero tú fuiste el último en salir de la habitación y, al contrario que todos tus acompañantes, te volviste hacia mí, clavaste tus ojos en los míos y dijiste a modo de despedida: “Te haré llegar esos libros. No sé cómo pero te los haré llegar” Y con una ligera inclinación de cabeza, perdí de vista el vivo destello verde.

En ese momento supe que necesitaba volverte a ver.

carta a mi yo de quince años

Muchas decisiones que tomamos en la vida, cómo nos comportamos, con quién nos relacionamos o cómo nos relacionamos, están sujetas a preguntas y comentarios indiscretos e impertinentes de los que nos rodean. Parece que todo el mundo tiene una opinión sobre lo que hacemos, no importa cuán insignificantes esas cosas puedan parecernos, pero nuestros familiares, amigos, compañeros, vecinos e, incluso, extraños las cuestionan. Nos cuestionan. A veces la gente puede llegar tan lejos que hasta te piden una explicación de las decisiones que tomas y los pasitos que vas dando. Aún no tengo muy claro si es por curiosidad, aburrimiento, o por incapacidad mental.

Tienes que aprender que tu vida no es de la incumbencia de nadie: ni tu pareja, ni tu familia, ni tus amigos, y menos de tus vecinos. Tu vida es tuya y solo tuya; por lo que tú, y solo tú, tienes derecho a decidir sobre ella, a compartir lo que quieras y guardarte lo demás; y tú y solo tú tienes derecho a equivocarte haciendo todas estas cosas y aprender de tus errores.

También tendrás que aprender que, socialmente, te vas a ver obligada a responder. Porque si no lo haces o declaras que no tienes intención de hacerlo, serás tildada de desagradable. Desagradecida. Injusta. Traidora. Asocial… Además todo el mundo lo hace, ¿no? Con lo cual deberías hacerlo tú también. Ejemplo de aprendizaje por imitación de conducta, pero, ¿qué pasa si la conducta está equivocada? Cuando un niño pequeño ve series o películas de acción tiende a imitar a los buenos y no a los malos, por el simple hecho de que los malos siempre reciben castigo y los buenos se elevan a la categoría de héroe, y siempre tienen algún premio. Y ese constante irrumpir en vidas ajenas es algo malo. Muy malo. MALO, así con mayúsculas. Dime, ¿cómo te sientes cuando todos están pendientes de tus movimientos y decisiones? No es necesario que le pongas nombre, solo cierra los ojos y dale alas a la imaginación; recuerda… ¿Ya? … No es bonito, ¿verdad?

¿Cómo se puede permitir eso? Juzgar hasta sembrar en corazones inocentes el miedo al qué dirán; miedo que germina en un absoluto sacrificio. Llegamos a tener tanto respeto a la opinión pública que renunciamos a gustos, preferencias, sueños… No vestir así, no estudiar aquello, no ir a tal sitio, no hablar con aquel chico… Es una forma muy cruel de dañar a los demás. De obligar; de dirigir; de manipular… ¿De verdad se puede dejar sin castigo a quién nos obliga a renunciar a nuestra felicidad para no ganarnos unas críticas tan hirientes como absurdas? ¿Acaso una persona así no es un completo villano? Pero, tristemente, parece que en vez de recibir su merecido, es hasta habitual que se jacten y vanaglorien de su hazaña. Es más, algunas instituciones lo han puesto de moda, como la Iglesia Católica…

Es decisión tuya cómo quieres vivir y no tienes que contar ni explicar nada a los demás si no lo deseas. Si estás viendo de nuevo a tu ex, si te andas paseando de motel en motel por todo el país, si decides irte a estudiar a otra ciudad, o si sigues viviendo con tus padres con más de treinta  años… Nadie tiene derecho a cuestionar la validez de tus prioridades; ni tienes que disculparte ante nadie si no lo sientes, si no te sientes culpable nadie debe coaccionarte a ello. Tampoco le debes a nadie una explicación por necesitar estar tiempo solas. Atrévete a vivir cómo realmente quieres, como te gusta…. Una enfermedad rara es complicada, un ictus es complicado, una miocardiopatía es complicada,  un problema familiar es complicado. Vivir de forma ajena al qué dirán no es complicado. Es más, es una liberación.

Esta sociedad necesita alguien que grite y pare los pies a esos… insensibles. Pero no tenemos ley que lo regule, ni rascacielos desde los que pueda colgarse Spiderman para hacer justicia por nosotros; así que no podemos hacer otra cosa que luchar individualmente para que, al menos hacia uno mismo, ese comportamiento acabe. Te conozco, aunque no te lo quieras creer. Sé que eres una persona valiente, pero no confías mucho en eso, porque tienes miedo. Y te has repetido tantas veces la mentira de que no puedes que ha acabado por ser verdad.

Quiero que salgas de ahí; de esa trampa. Quiero que seas feliz.

Nos vemos en unos años.

dando el primer paso

Es un rollo estar resfriado, nadie me lo va a negar. Más aún cuando tienes ataxia. Los mocos, el cansancio… es como si algo te succionara la energía, cuesta respirar, notas como tus vías respiratorias se obstruyen y no eres capaz de levantarte de la cama sin caerte. En resumidas cuentas, un asco.

Pues ese es mi estado actual, hecha un trapito. Pero esta vez no me pesa tanto, es un souvenir de una genial experiencia. Han sido 8 inolvidables días, de convivencia, de aprendizaje, de experiencia toda positiva. Es un placer aprender arquitectura de una forma tan directa, tan tangible. De repente van encajando piezas en tu cabeza. La carpintería de este, el emplazamiento de aquel, la luz de tal sitio, el detalle del vuelo del otro, el dolor de cabeza que generan algunos espacios, la tranquilidad de aquellos de más allá… Son recursos que se quedan grabados en tu interior y que luego, a la hora de coger un papel y un boli, parece que salen casi inconscientemente.

Pero no es lo único que he aprendido. He ganado un punto positivo en habilidades sociales, oh yeah. ¿Cómo? Pues ni idea, pero creo que ha sido lo mejor del viaje. Hacer amigos, en tan poco tiempo, con tanta facilidad… Justo es que le reconozca el mérito a mi intermediaria, me lo ha hecho bastante más ameno. Me ha permitido mostrarme con naturalidad y confianza, aunque estuviera muerta de miedo. Incluso he tenido dos crisis de autoestima en este viaje, llanto incluido; pero han sido muy puntuales. También es verdad que he estado acompañada de gente magnífica, siempre dispuesta… escaleras arribas, escaleras abajo, las cuestas de Basilea y las puertas de Le Corbusier.

Pero creo que el secreto ha sido romper el hielo yo y no esperar a que lo hicieran los demás. La gente tiene curiosidad por mí. La ataxia, con todo lo que ello implica, lo que puedo hacer, lo que no, en que curso estoy, como soy tan tímida pero contesto con tanto desparpajo a determinadas personas, ¿qué ha pasado entre ellas y yo? Siempre he esperado a que la gente pregunte y sacie su curiosidad cuando ellos quieran. El problema, es que se me olvidaba que a los del otro lado de la frontera pueden no atreverse a cruzar la línea que nos separa a mí y a la “normalidad”. Miedo, pudor, apuro… hay la misma distancia entre dos puntos, en ambas direcciones. Si para mi es difícil, ¿por qué para ellos no lo va a ser? Así que empecé yo: Oigo mal, tengo un cuarenta por ciento de pérdida de audición y tengo audífonos, aunque no los llevo puestos… Y así se me abrió el cielo.

No lo niego, no las tenía todas conmigo. Más bien no tenía ninguna. Ha sido la primera vez que pongo en práctica este método, y tenía miedo. A convertirme en el mono de feria del viaje, la distracción momentánea, a dar un voto de confianza a gente absolutamente desconocida y recoger indiferencia o algo peor; me he cruzado con gente tan cruel que ya no me sorprende nada… En definitiva, miedo a sufrir. A eso tenía miedo. Pero bueno, si no arriesgas no ganas… y ya que estoy acostumbrada a ser bastante transparente en las relaciones ya establecidas,  ¿por qué no en las que van a establecerse? Por probar…

He descubierto que es mejor aclarar que dejar que te pregunten, no esconder tu problema, mostrarte cómo eres sin ninguna pretensión ni vergüenza, así con ataxia; y mi ataxia es más de lo que se ve por fuera. He descubierto que ese simple gesto de destaparse delante de alguien es suficiente para que ese alguien se muestre receptivo contigo. He descubierto que hasta la persona que me puede parecer más magnífica y maravillosa del mundo puede llevar una procesión por dentro; y puede que le cueste tanto, o más que a mí, salir de su ensimismamiento. Y si llamas a la puerta con suavidad “toc, toc, ¿me dejas entrar?” no te va a morder nadie, por muy distante que pueda parecer.

Arriesgué, y gané.

Ruta en torno al Jura 2014.

historia de un pensamiento

Desde hacía tiempo no era ella. Hace más o menos un mes algo cambió, aunque no identificaba muy bien el qué, ni por qué. ¿Qué se había apoderado de ella? ¿La apatía? ¿Quizás el miedo? ¿Negación de lo evidente? O quizás que estaba más concienciada que nunca de que su vida era… diferente. Ella tenía demasiadas diferencias con el resto del mundo, aparte de su fiel compañera, eso lo sabía bien; pero igualmente sabía que ser diferente no era malo. Y lo sabía de verdad, no porque alguien se lo hubiera repetido insaciables veces, no: ella lo sabía. De estas certezas que definen tu forma de ser, de esas cosas que hacen que te brillen los ojos y te tiemble la voz cuando alguien asegura lo contrario, de esas convicciones que solo se ganan con la experiencia. Tenía comprobado que la gente diferente era menos aburrida. ¿Qué había pasado? ¿Lo había olvidado acaso?

La frase de su psicólogo resonaba en su mente: “está demostrado que los pequeños acontecimientos diarios son mayor fuente de estrés que un gran suceso” Se lo había repetido varias veces. Eso ya lo sabía ella, no se le había muerto nadie. Pero, ¿por qué ahora? No se había sumado ningún factor nuevo a su vida, ningún hecho físico, sólo un estado anímico que le impedía sacar partido a su tiempo. Nadie sabía cuan cerca estaba de tirar la toalla. Mejor dicho: las toallas. Llevaba varias al cuello.

Estaba sentada en la cama, pensando, a veces en voz alta. Miró a su amiga, negra como el azabache y de sinuosas curvas, que aguardaba a su lado sobre la alfombra verde que se extendía a los pies de la cama. “Quizás sea eso” dijo observándola, como esperando respuesta. Pero ni siquiera ella era tan estúpida para eso. A veces jugaba a que realmente era su amiga, o más que eso una extensión de sí misma. Su apariencia, su color, su peso, sus formas… de alguna manera definían su personalidad; siempre estaba a su lado, mientras dormía, comía, estudiaba o pensaba. A veces jugaba a que entendía como se sentía. Pero esperar respuesta de una silla de ruedas era demasiado fantasioso, incluso para una mente tan imaginativa como la suya. No obstante no abandonó su teoría.

Quizás fuera eso, que llevaba demasiadas toallas encima. Empezó a contar: su carrera, su hermano, su rehabilitación física, la psicológica, su madre, su padre, su degeneración, sus abuelos, su proyecto para una asociación, su proyecto para otra… alguna más había, pero se cansó de contar. Eran de materiales distintos y algunas pesaban más que otras. Había conocido a mucha más gente con su enfermedad, pero no con tantas toallas. Y si… ¿tiraba alguna?

¿Cómo se te ocurre? – preguntó una voz en su cabeza en cuanto se planteó la pregunta. Estaba indignada, casi dolida.

No… bueno… Solo era una idea – se excusó de inmediato.

No convenía hacer enfadar a esa vocecita orgullosa, de sobra lo sabía. Nunca lo había pasado peor que cuando se enfadaba consigo misma, era incluso peor que vomitar, la sensación que ella más odiaba en el mundo entero. Aquellos genes norteños tenían mucho temperamento.

Una mala idea – puntualizó. Si hubiera sido una persona podría haber visto su rostro con los ojos entrecerrados y las aletas de la nariz distendidas.

¿Mala? No estaba segura. Es verdad que todas esas tareas las había aceptado por decisión propia, nadie la obligaba a tomarlas. Y nadie la obligaba a continuar. Detuvo el curso de sus pensamientos momentáneamente, pues esperaba que su voz interior se manifestara indignada, pero no lo hizo. Parecía haberse esfumado, de modo que siguió pensando. No podía evitar la sensación de que hacía aquello por obligación, para no decepcionar a alguien, o para demostrar a alguien que ella podía hacerlo igual que cualquiera y dejar constancia de su valía. Pero estaba empezando a dudar de que ella pudiera, de que ella valiera… ¿Cuánto hacía desde la última vez que perdía el tiempo en cosas placenteras? No en perder el tiempo leyendo libros de su hermano pequeño, tirada en la cama, delante de la tele, o en cualquier cosa sin emoción. Ella se refería a dedicar tiempo a sus hobby, como hacer pulseras de hilo. ¿Cuánto tiempo hacía que no dibujaba?

Demasiado –  su voz interior contesto por ella con profunda pena. De modo que no se había esfumado. – Nadie te obliga muchacha, no lo hagas tu misma.

Muchacha. Saboreo la palabra. Estaba claro que no era una niña, aunque tampoco tenía edad para ser una mujer. Sin embargo todo el mundo le decía que era lo suficientemente lista y madura para comportarse como una mujer. ¿Acaso se obligaba a si misma? ¿Quería demostrarse algo a si misma? No, era absurdo. Se conocía demasiado bien para auto engañarse. Había aceptado aquello… por placer. No todo, claro está, no podía elegir sus condiciones. No podía detener su degeneración a su antojo, igual que no podía hacerla avanzar más rápido; pero podía actuar en consecuencia. Le gustaba dibujar, pero igualmente le gustaba su carrera, le gustaba el deporte, sus amigos…

Y si te gusta ¿por qué no sigues haciéndolo? – no se refería a abandonar o no, se refería a ese mes que llevaba como muerta en vida, a por qué había parado. La conciencia esperó a que siguiera el discurso, pero nada ocurrió. Era evidente que no lo sabía. – Te exiges demasiado…

… a ti misma. Eso decía su padre, y sus profesores. Pero algo de placer encontraba en ello también. Ponerse metas y conseguirlas, con dedicación, esmero, cuidado… Eran metas altas, pero no sabía dar otra cosa que no fuera lo mejor de sí misma. Y no os creáis que no lo había intentado, pero no sabía, siempre volvía al mismo método. En cierto modo le gustaba superarse a sí misma. Ya sabía que la silla no era lo único raro en ella.

Bueno, si te gusta sigue. Sigue exigiéndote demasiado. Sigue aunque nadie te entienda. Pero sigue.

¡No puedo! – pensó exasperada – Volvemos al principio de todo. Después de tantas vueltas no hemos avanzado nada, ¿qué me pasa Pepito Grillo?

Se dejó llevar por su rabia y no pudo ocultar su ironía. Noto un grave gruñido en el interior de su pecho, y pensó que estaba al borde de una de las peores experiencias de su vida. Pero cuando su voz contesto lo hizo de forma muy tranquila. Al fin y al cabo, necesitaba un nombre y ese era tan bueno como otro cualquiera. Además Pinocho era una gran historia.

Claro que has avanzado, ya sabes que abandonar no es la solución.

Tenía razón, como siempre. Pero…

¿Qué me pasa Pepito Grillo? – esta vez su tono no era irónico, sino desesperado y cansado, al borde del llanto.

Soy tu conciencia, no un adivino – Se dio cuenta de que al ponerle nombre le había otorgado género. – No obstante –  continuó ya que no había respuesta de su compañera, que volvía a deprimirse  – te recomiendo que intentes retomar tu vida. Ya sabes que para atrás no hay salida, no tienes más remedio que salir para adelante.

No quiero – pensó con furia. Se había hecho un ovillo en la cama  y se negaba a seguir con su hilo de pensamientos. Se tapó con las sábanas y cerró los ojos con fuerza.

¿Y eso?

– Me he cansado de luchar.

Mientes – silabeó.

¿Y tú qué sabes? –acusó la niña con enojo. Ahora se sentía una niña, todo este mes se había sentido una niña.

Porque soy tu conciencia y lo sé. Mientes –contestó con calma infinita. Estaba seguro de su victoria.

Se destapó y se tumbó mirando al techo. Sí, mentía. Y como había dicho antes, se conocía demasiado bien para auto engañarse. Pero es que era todo tan injusto…

– Nadie ha dicho que la vida tenga que ser justa, bonita.

Ya lo sabía, y también era consciente de que era igual de injusta con quien no tenía una silla debajo del culo que con los que sí la tenían. Pepito Grillo tenía razón si ella no salía de esa situación, nadie iba a salir por ella. Y solo podía salir para adelante.

– ¿Manos a la obra? – preguntó contento.

Manos a la obra, Pepito.

Se levantó y encendió su portátil decidida a volver a sumergirse en su mundo de líneas de colores. Mientras su Windows 8 le daba la bienvenida notó como la voz de Pepito se iba apagando y se retiraba contento por la determinación de su compañera, esa que hacía tanto tiempo que no veía. La dejaba sola… pero sabía que volvería cuando le necesitara. Un silbidito, y…