maldita culpa

“Siento que, si culpara a mi tía Helen, tendría que culpar a su padre por pegarle y al amigo de la familia que le hacía cosas cuando era pequeña. Y a la persona que le hacía cosas a él. Y a Dios por no parar todo esto y cosas que son mucho peores. Y lo hice durante algún tiempo, pero después ya no pude más. Porque no iba a ninguna parte. Porque no se trataba de eso.
(…) supongo que somos como somos por un montón de razones. Y quizá nunca conozcamos la mayoría de ellas. Pero aunque no tengamos el poder de elegir de dónde venimos, todavía podemos elegir adónde vamos desde ahí. Todavía podemos hacer cosas. Todavía podemos intentar sentirnos bien con ellas.
Creo que si alguna vez tengo hijos y están disgustados, no les diré que la gente se muere de hambre en china ni nada parecido porque no cambia el hecho de que estén disgustados. E incluso si otra persona está mucho peor, eso no cambia el hecho de que tú tienes lo que tienes. (…)”

 

Las ventajas de ser un marginado.
Stephen Chbosky. (1999)

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a través de sus ojos

Hoy es un día diferente, de esos que marcan un antes y un después. O eso quiero pensar. Hace un día muy feo, llueve y no puedo salir de casa siquiera, pero ha sido un día productivo aunque prácticamente no he hecho nada. A veces hay días grises en los que hay un instante que es como un fogonazo y parece teñir de colores el resto del día, y solo por eso tu día parece tener significado e importancia. Pues hoy ha sido uno de esos días con uno de esos fogonazos, hoy me he visto por primera vez desde sus ojos.

Tiene unos ojos azules profundos, de esos que parecen que pueden ver como se forman los pensamientos en tu cabeza. Tiene el pelo como el azabache, pero es blanquito de piel, como yo. Su boca es grande, pero no porque sea de esas personas que primero hablan y luego piensan, sino porque su sonrisa tiene demasiadas cosas bonitas que transmitir, y te das cuenta de que no queda ni un milímetro de su piel sin sentido cuando ríe. Y siempre tiene barba. A veces más corta, a veces más larga, a veces más cuidada, otras menos; pero siempre barba, negra como su pelo. No me imagino su cara desnuda; o mejor dicho sí que la imagino y precisamente por eso no me gusta, creo que le quita personalidad, le quita magia a su sonrisa. Es un poco más alto que yo pero no demasiado, lo justo para que no me resulte complicado mirarle a los ojos y tiene unos brazos fuertes que dan abrazos curativos, que me recomponen cuando estoy hecha pedacitos mientras me frota la espalda con sus manos, como si estuviera pintándome algo, o haciendo un conjuro para protegerme. Pero lo mejor es su forma de ser tan… sana. Su cariño desprendido, perfectamente equilibrado entre los besos y el respeto por el espacio propio. A veces juega, a veces prefiere que juegue yo, a veces contamos chistes, a veces me cuenta cosas de sí mismo, a veces escucha las mías y a veces simplemente está. Y otras no, porque esa dependencia no es buena. Suele decirme que va a tirarme por las escaleras, y yo le respondo que voy a atropellarlo; entonces estallamos en carcajadas. Pero entre broma y broma siempre tiene tiempo para dejarme claro que me quiere. Ah, y siempre me llama fea cuando me saluda. “Hola fea”, adoro esas palabras, tienen un significado especial, un cariño tan intenso y tan nuestro que me siento única porque sé que nadie más lo comparte. Y también sé que cada vez que me llama fea me ve preciosa, sin necesidad de que me lo diga. Es nuestro pequeño juego de antónimos.

Se llama Jota y vive en mi interior; en mi mente y en mi corazón. Pero ya no sé más y, a decir verdad, no me hace falta saberlo. No sé si es un abuelo; un padre; un hermano; un tío; un primo; mi mejor amigo; mi novio; mi amante; o yo misma proyectada en esos ojos azules que tanto me reconfortan, porque siempre me han dado refugio. O todo. O nada. Simplemente es Jota.

Y Jota me quiere, Jota me ama. Eso le resultará un poco confuso a mucha gente, parece que solo es lícito amar a tu pareja, pero yo no pienso así. Al fin y al cabo, ¿qué es el amor en su definición más básica? Afecto desinteresado, entrega, inclinación. Yo amo muchas cosas, a mi familia, a mis amigos, mis hobbies, mi carrera. Hay gente que no tiene esta capacidad –porque es una capacidad, algo positivo- y se siente incómodo con ello. Pero yo sí la tengo, como mi tía Lola; ella también es Jota. Y Jota me ama.

Jota me ve de verdad y me ve bonita. No digo que sea o no bonita de verdad, digo que Jota me ve tal y como soy, y piensa que soy preciosa así. Eso me gusta, evidente, ¿a quien no le gusta que le hagan cumplidos? Pero hoy todo ha tomado un significado diferente, porque hoy me lo he creído. Siempre me ha dado un poco de miedo creerme las cosas buenas de mi misma, sentía que bailaba en el límite de ser una creída, sin modestia ni humildad; una persona prepotente con una seguridad desgarradora basada en una falsa autoestima. Siempre he tenido miedo a esa clase de personas, y mi mayor miedo no era cruzármelas y sufrir las consecuencias por ser una presa fácil, mi mayor miedo era contagiarme y hacer sufrir a los demás. Pero hoy Jota me ha prestado sus ojos y he visto, por fin, todo lo que me ha repetido tantas veces desde que le conocí. He visto una chica fuerte, una luchadora, alguien que sabe que la vida no es fácil ni justa, pero que aun así merece la pena vivirla. He visto una mirada segura, propia de alguien que tiene las cosas claras, de alguien que sabe lo que quiere y no se avergüenza de ello. He visto la expresión de una persona sensible, tierna y amorosa, que se preocupa por los demás pero no tanto como para olvidarse de sí misma. Y he visto la postura de quien se sabe digna y valiosa, de quien conoce sus límites y los hace respetar. Y esa chica era yo. Soy yo.

Y es curioso, no me ha costado reconocerme pero me ha sorprendido la claridad de lo que ve Jota, de lo que yo transmito. Y me ha dejado sin aliento la diferencia entre sus ojos y los míos. Cuando me miro al espejo no veo a esa chica; lo único que tienen en común ambas percepciones es el blanco de los ojos y la media melena azul verdosa. ¿Por qué? Todo lo demás se ve igual desde los ojos de Jota, solo cambio yo. Solo es diferente mi percepción de mi misma. Jota dice que depende de mí y solo de mí, que la imagen que yo alimente en mi interior es la que voy a ver, la que cuide, la que proteja, por la que yo apueste. La decisión es mía. Solo puedo hacerlo yo.

Y me gusta mucho más lo que ve Jota.

cuando quiero hablar, pero no sé por dónde empezar

Hay veces que me siento jodidamente perdida. No sé qué hacer. No entiendo nada ni cómo pueden estar las cosas tan mal, y a la vez me parece sorprendentemente creíble que nadie quiera entenderme; todo es demasiado complicado.

¿Que qué me pasa? Que tengo depresión. No bastaba con lo que ya llevo encima, no… Creo firmemente que a cualquiera que medianamente me conozca y le pidas que me defina dirá: “Es una chica rara”. Y creo firmemente que tienen razón. Ser rara no tiene porqué ser malo, evidente, pero es llamativo cuanto menos. Y por si no llamaba la atención lo suficiente siendo rara, ahora tengo episodios depresivos.

Porque la depresión, queridos amigos, es una enfermedad. Un trastorno.

Es levantarse cada día  sentir una ola de cansancio, como si algo o alguien hubiera drenado toda tu energía, y deseas no estar ahí, consciente de todo, y volver a la cama a dormir. Así que simplemente finges que estas bien mientras tu mente te dice cuan inútil y desesperante es todo tu esfuerzo.

Es sentirse culpable porque no tienes la fuerza necesaria para hacer la más simpe de las tareas, como ducharse o lavarse los dientes.

Es mirarse al espejo y odiar lo que ves.

Es sentirse fracasada porque has tenido que dejar de estudiar y “pedirte una baja” y todo el mundo pregunta cuando vas a empezar a hacer algo, porque como la depresión está en mi cabeza mis males son imaginarios…

Es sentirse asqueada de una misma cada vez que pides ayuda.

Es sentirse un desecho humano porque cada vez que no controlo mis episodios depresivos le hago mal a mucha gente.

Es sentirse atrapada en un agujero profundo y oscuro, y no importa como de fuerte grites, nadie te oye.

Es sentirse idiota porque sabes que todos tus males son bobadas y completamente irracionales, pero no puedes hacer nada para evitarlos.

Es sentirse exhausta cada día porque lo intentas, te esfuerzas al máximo por hacerlo bien, a pesar de lo que tu mente te diga. Pones todo tu empeño en huir de ti misma, pero nadie se da cuenta de tu coraje… Y te sientes sola. Así que intentas explicar cómo funciona esta mierda, como te sientes, porque necesitas apoyos y necesitas amigos, necesitas compresión y que dejen de exigirte estar bien. Pero sabes que no funcionará, “sabes” que te van a juzgar.

… Y, desgraciadamente, muchas cosas más…

Es muy común decir “hoy estoy depre”, pero hay una diferencia abismal entre estar depre y tener depresión. Creo que cualquiera que haya visto mis episodios depresivos sabe que no hay punto de comparación y, a quien no, le pido un voto de fe. No os voy a aburrir con tecnicismos ni a contar algunas cosas que hago cuando se me va la cabeza, de las que no me siento nada orgullosa, aunque sí que reclamo vuestra atención por un ratito más. Supongo que necesito desahogarme, o comunicarme. Necesito asegurarme de que la gente lo entienda, al menos la cercana a mí; y creedme, ¡me cuesta mucho! No me siento con derecho a pedir nada, ni siquiera un trato distinto al que siempre he recibido. Pero mis circunstancias no van a cambiar de la noche a la mañana… Voy a seguir sintiéndome así de mal por un tiempo, aunque la primera que quiere que esto acabe soy yo misma, y necesito ese trato distinto.  Hay cosas que quiero decirle a mucha gente, pero sencillamente no tengo fuerzas de repetirlo persona a persona sin que me afecte de más. Por eso tengo que reflejar en algún sitio lo que me inquieta, aunque solo sirva para gritarlo al vasto e informe mundo de internet…

Así que si quieres entenderme o ayudarme o simplemente tienes curiosidad, sigue leyendo. Lo dejo a tu elección, no voy a pasar lista, te lo aseguro.

Yo no elijo estar triste.

Lo primero que quiero que entiendas es que no me levanto por las mañanas y me digo “Ostras, me apetece mucho estar hecha una mierda emocionalmente.” No. Simplemente algunos días esta porquería golpea con fuerza, y cuando eso pasa entiende que no hay una “solución” inmediata. Que no es que “pase de lo que me dice la gente”. Solo necesito compañía.

Tengo miedo por ti.

No quiero cargarte con mis problemas, la vida no es fácil para nadie, bien lo sé. Me siento culpable. No quiero que te preocupes. No quiero que me mires diferente, ni que pienses que soy “débil”, aunque esto sea mi mayor debilidad. Tengo miedo de que esto destruya todas las relaciones de mí alrededor y por eso prefiero que me destruya a mí misma.

Necesito saber que mi manera de ser cuando estoy en mis peores momentos no son representativas de mí.

De verdad que lo siento.

No sabes cuánto.  Cuando me abro a la gente en un episodio depresivo no es agradable, ni fácil. Mi irracionalidad y mi asco por mí misma pueden durar días, días de desgaste para el/la valiente que me ofrece ayuda. Si, efectivamente, pierdes la paciencia quiero que entiendas lo horrible que voy a sentirme, y  que voy a disculparme muchísimas veces, aunque me digas que no hace falta. Siento que no merezco alguien como tú en mi vida.

Cuando esto pase no pienso en hacerte chantaje, ni en dar pena, ni en agobiar a nadie…  realmente intento ser fuerte y que esto no pase, pero hay días que esta situación me gana la partida. Por favor, no me exijas entereza cuando estoy derrotada.

Cuanto más te alejo de mí, más te necesito.

¿Te suena eso de “quiéreme cuando menos  lo merezca porque es cuando más lo necesito”? Pues eso. Alejo a la gente porque pienso que están mejor sin mí, que soy nociva y no entiendo cómo podéis quererme. No es personal, tú no has hecho nada malo. Al contrario.

Y sin embargo tengo la esperanza y el absoluto convencimiento de que la compañía vendrá si no la quiero… Ese momento cuando alejo a la gente de mí y en vez de darse la vuelta vienen a abrazarme y a decirme que no estoy sola, es todo para mí. Y sé que no es fácil.

Cuando mi mente está en estado depresivo, nada es verdad, nada es lógico.

Yo no soy yo. Es lo que quiero que la gente entienda y perdone.

En los párrafos anteriores hablo de un comportamiento que parece que al escribir no tengo, que me doy perfecta cuenta de que describo pautas irracionales e incoherentes que ninguna persona de 25 años debería mostrar… No, no estoy loca. Ni lo insinúes. El problema es que en mis episodios depresivos no razono, mi cabeza está vacía. Solo pululan por ahí pensamientos negativos que, puede que sean absurdos, pero me los creo tan firmemente que no me dan opción a pensar o sentir otra cosa… “Nadie te quiere. Todos están  aquí porque les das pena. Eres un castigo para la gente de tu alrededor. Eres nociva. Eres mala. Esto es culpa tuya. Nadie te quiere. Vas a acabar sola. Esto no va a mejorar nunca…”

Te jode, lo entiendo. Estás pensando, “¿Cómo puede ser que esté yo ahí, que ayer hayamos salido de paseo, y hoy piense que nadie la quiere? ¿Me toma el pelo?” Volvemos al punto 1, yo no elijo estar mal.

Por favor no te vayas y, si tienes que hacerlo, dime que se solucionará, que no es mi culpa, que todo va a estar bien. Porque no es mi culpa tener depresión.

No estoy deprimida todo el tiempo.

Esto es un tópico parece. La depresión va y viene, el mejor día de mi vida puede estar seguido del peor y viceversa. Si parezco la persona más feliz del mundo, es porque en ese momento soy feliz. No finjo nada. Igualmente cuando estoy mal, es porque realmente estoy sufriendo. Tampoco finjo. Y cuando se acaba, se acaba.

No estoy bien siempre, no estoy mal siempre. Verte preocupado por mi cuando estoy bien, cuando estoy en plena posesión de mis facultades mentales, simplemente me mata. Soy muy transparente, sabes cuando estoy bien. Por favor no te preocupes de más, me hace sentir muy culpable.

Tienes mucho poder en mi vida.

Un mensaje agradable, un hola, una charla, una llamada, una conversación, un helado, un pequeño paseo, un cumplido, un abrazo, una caricia… Esas pequeñeces pueden arreglarme el día. Porque te quiero, y es la gente a la que quiero la que me da la fuerza que necesito para salir de aquí.

 

Te quiero, ya lo he dicho pero no viene mal repetirlo. Incluso en esos momentos en los que no me reconozco ni yo misma, en los que no actúo bien, en los que no soy yo, te quiero. Y te daré las gracias mil veces y te pediré perdón mil y una, no porque has elegido estar en mi vida, sino porque has elegido aceptarme así, querer esta parte de mí, quererme con todo, aunque yo misma no sepa hacerlo. Es por tu cariño y apoyo que me acuerdo de quererme a mí misma.

Gracias por estar ahí.

descubriéndome

¿Os he dicho alguna vez que estoy muy harta de las condiciones sociales? Esto es así, esto no, aquello es bonito y lo de más allá es imposible. ¿Por qué? Porque la mayoría es así. Y todos tenemos que ser iguales, faltaba más.

Siempre me he sentido rara, sinceramente, y no por la silla de ruedas. De hecho creo que es lo que menos me ha condicionado en la vida, mi limitación física. El problema es que culpaba a mi condición de todos mis males, que en el fondo son barreras psicológicas que me imponía a mí misma.Y ahora que he crecido interiormente y he ido liberando lastres por el camino, veo mi enfermedad como una característica física. Y a mi silla de ruedas como un complemento. Sí. A Carmen la definen muchas más cosas que una enfermedad. Los gustos, los valores, la forma de ser… Todo eso está por encima de mi discapacidad, y dirigido por algo más importante que mi discapacidad. Y aún así, aún teniendo eso claro desde hace tiempo, me siento rara. Diferente. Anormal.

Hablemos de cosas vergonzosas. Hablemos de sexo.

Seguro que la mayoría de vosotros habéis visto a algún famoso ligerito de ropa y habéis pensado “qué bocado le daba”. ¿A qué si, pilluelos? Bien… pues yo no. Es decir, evidentemente los he visto, están en todas partes…  pero nunca he sentido esa atracción. Nunca me han gustado y nunca me gustarán los chicos con musculitos marcados que salen en las revistas. Nunca, sexualmente hablando. Aunque pueden parecerme atractivos estéticamente. Quiero decir, para mi ver una foto de un modelo curtido es equivalente a ver una foto del David de Miguel Ángel… sí, las proporciones, los cánones, la belleza… pero nada más allá.

El problema, y por lo que me sentía tan diferente, es que recuerdo varios casos en los que llegué a manifestar mi opinión. Públicamente. Y no hay nada más peligroso que el intentar pensar por uno mismo delante de la gente. Recuerdo a mis amigas preguntarme por un chico, evaluar físicamente a alguien que se cruza en al camino… y no saber responder. Sabía lo que responderían ellas, pero, ¿debía decir yo lo mismo, aún no sintiendo esa atracción joven y desenfrenada? Incluso recuerdo aventurarme a decir “es guapo, pero no me gusta como a vosotras”; y recibir burlas a cambio. Incluso ser calificada de mentirosa. Un par de años después, seguían sin provocarme esa sensación ningún chico. Soy heterosexual, siempre lo he tenido claro, pero nunca me ha deslumbrado nadie al verlo por primera vez. Aun después de verlo repetidamente por televisión, tampoco le cojo el gusto. De esa época recuerdo varios casos de no sentirme atraída, pero comportarme como si lo hiciera. Porque debería atraerme, es lo suyo, porque todo el mundo siente esa atracción, ese cosquilleo. Es lo normal, y como es lo normal, es lo correcto.

Pero aún intentándolo resultaba un fracaso estrepitoso. Mis amigos más cercanos y mis parejas siempre han tenido alguna pega física… o más de una. Pero esas pegas no las veía yo; porque el físico, como he dejado claro antes, me resulta bastante superfluo. Para mí eran tan atractivos como cualquiera, sobre todo a los que quería mucho. Cuanto más cercano, más bonito era. Pero para el resto de la gente eran… “bueno, normalito”. Y el tener alguna relación sin seriedad, una noche loca, o decir si te he visto no me acuerdo…jamás lo he conseguido.

Y de pronto pasé a ser la tonta que no se lanzaba, la que desperdiciaba su libertad y su cuerpo juvenil, la siesa. Y yo me excusaba con mi condición física, “es que es difícil, es que no ando, es que no puedo, es que así nadie se fija en mí”. Mis amigas se reían y me decían que con sonreír dos veces tenía detrás a media Sevilla, pero yo me había repetido tantas veces la misma mentira, que acabé creyéndomela. Sentía que no valía, que no era una opción buena para nadie, que no resultaba agradable mi compañía. Aunque es cierto que tampoco deseaba lanzarme hacia nadie, y si no hubiera sido la excusa de la silla habría usado cualquier otra. Pero yo me creía mi papel, creía que no estaba a la altura, pese a todo.

Y con todo este sin sentido en mi interior, llega a mi como por destino, la palabra demisexualidad. Y como curiosa que soy busco sobre ello. ¿Qué es la demisexualidad? Encontré millones de resultados, y todos venían a decir lo mismo:

“La demisexualidad la experimenta quien no siente atracción sexual en base a un físico, sino únicamente por personas con quienes tenga una conexión emocional fuerte, ya sea amor profundo o una amistad muy grande. Sin esos vínculos, sin esa honda relación previa, es incapaz de sentir atracción por ninguna persona. Se suele hablar de la demisexualidad como una especie de asexualidad temporal, únicamente se despierta la sexualidad de la persona que la tiene con el paso del tiempo y ciertas experiencias vitales con otra persona muy afín. En el caso de que se destruyan esos vínculos emocionales, la atracción sexual también se evapora.”

Y ahí estaba yo. Todos mis miedos, todos mis sin sabores, todas las burlas… todo, lo volví a vivir todo, cada uno de ellos. Porque de pronto una página web -o millones, mejor dicho- me decía que soy totalmente válida tal y como soy. Que puedo decir no. No. Yo soy así, y yo quiero esto… porque nadie está obligado a pensar como la gran mayoría, y nadie está obligado a sentir como la gran mayoría. Yo tengo unos intereses distintos, y existe más gente con mis intereses. Y no soy tonta por no tener relaciones esporádicas o de una noche. Ni desagradable. Es tan simple como que no quiero una relación sexual, quiero una relación sentimental. Porque es lo que me llena, y es lo que me aporta.

Y estoy orgullosa de ser demisexual. Ea.

recuerdos del equinoccio de otoño

Todavía me acuerdo de la primera vez que te vi.

Acudiste diligente al escuchar tu nombre. Tú y tu amigo, pues de momento debía enfrentarme a dos rostros nuevos; ya llegaría el momento de ponerles cara a toda la manada de lobos. Me habían preparado fugazmente para saber vuestros nombres y un par de rasgos de la personalidad de cada uno del grupo, pero no tenía forma de identificaros físicamente. Sin embargo, de los dos chicos que entraron a escena, solamente me fijé en uno.

Tuvo que ser el destino.

Lo primero en lo que reparé fue en una camiseta verde intenso, verde vivo. Un color que yo nunca me pondría pero que le sentaba increíblemente bien a aquella piel pálida. La camiseta, relativamente ajustada, mostraba una figura bonita y bien formada, con unos brazos fuertes cruzados al pecho. No sabía de qué se estaba defendiendo, pero era evidente que algo le ponía nervioso. Solo esperaba no ser yo; él era un lobo, no podía tenerle miedo a su víctima. Por la mirada experta que tu acompañante le dirigió a un dibujo que había por allí, supe que tú eras tú; el interesante chico de la camiseta verde… Y, no lo niego, aumentó mi curiosidad por ti.

No eras como te había imaginado. Tú eras el gracioso, el buena gente, el amigable… Contigo iba a ser fácil. Sin embargo tenías una expresión tan distante, tan seria, tan solemne. Y seguías de brazos cruzados como si fueras un soldado de la guardia real británica. Creo que en ese momento ni me dedicaste una mirada. Claro que puedo estar equivocada, me podían los nervios por lo que aguardaba escaleras abajo.

Una vez en el sótano escuche tu voz por primera vez con claridad. Armado con un plato de tortitas, estabas reclinado sobre la mesa como un cachorrito, con los ojos desbordantes de ilusión; y decías, con esa risa ligera, fresca y contagiosa, que había que esperar al anfitrión para empezar a devorar aquella merendola; sin embargo te lo estabas comiendo todo con la mirada. Eras una imagen tierna. Ya no parecías un soldado, más bien eras un niño mono.

Y entonces te dirigiste a mí. “En casa del pobre, reventar antes que sobre”. Esa fue la primera frase que me dijiste. Yo no sabía qué hacer. Todos me mirabais esperando a que empezara a reírme, y que terrible decepción os llevasteis.

No me acuerdo exactamente de como terminamos arriba en el salón viendo una película todos juntos. Ni de como escogimos los asientos. Ni siquiera de lo que pasaba en la película. Solo me acuerdo de que el interesante chico de la camiseta verde estaba sentado a mi lado derecho, en aquel sofá tan blandito. Solo me acuerdo de echar mi peso descaradamente hacia la izquierda, para no caer contra ti y tocarte. Solo me acuerdo de como tus brazos cruzados me rozaron en un par de ocasiones haciendo que no cupiera en mí del nerviosismo. Solo me acuerdo de tu móvil bailando delante de mis ojos con fotos de libros, micro relatos y frases sentidas.

Me asusté un par de veces viendo la película y recé todo lo que supe para que no te dieras cuenta… pero ya sabes que rezar no se me da muy bien. Me reí al ver tu cara de incredulidad, pero en el momento del sobresalto me hubiera gustado cogerte la mano. Para consolarme por el mal trago prometiste prestarme unos libros. Me pareció increíble, no me conocías de nada; querías alguien con quien comentar el libro, pero yo no sabía hablar contigo; además no parecía que fuera a verte de nuevo pronto… Todo era tan raro. Sonaba a promesa vacía.

Y entonces te marchaste. Bueno, os marchasteis, pero tú fuiste el último en salir de la habitación y, al contrario que todos tus acompañantes, te volviste hacia mí, clavaste tus ojos en los míos y dijiste a modo de despedida: “Te haré llegar esos libros. No sé cómo pero te los haré llegar” Y con una ligera inclinación de cabeza, perdí de vista el vivo destello verde.

En ese momento supe que necesitaba volverte a ver.

carta a mi yo de quince años

Muchas decisiones que tomamos en la vida, cómo nos comportamos, con quién nos relacionamos o cómo nos relacionamos, están sujetas a preguntas y comentarios indiscretos e impertinentes de los que nos rodean. Parece que todo el mundo tiene una opinión sobre lo que hacemos, no importa cuán insignificantes esas cosas puedan parecernos, pero nuestros familiares, amigos, compañeros, vecinos e, incluso, extraños las cuestionan. Nos cuestionan. A veces la gente puede llegar tan lejos que hasta te piden una explicación de las decisiones que tomas y los pasitos que vas dando. Aún no tengo muy claro si es por curiosidad, aburrimiento, o por incapacidad mental.

Tienes que aprender que tu vida no es de la incumbencia de nadie: ni tu pareja, ni tu familia, ni tus amigos, y menos de tus vecinos. Tu vida es tuya y solo tuya; por lo que tú, y solo tú, tienes derecho a decidir sobre ella, a compartir lo que quieras y guardarte lo demás; y tú y solo tú tienes derecho a equivocarte haciendo todas estas cosas y aprender de tus errores.

También tendrás que aprender que, socialmente, te vas a ver obligada a responder. Porque si no lo haces o declaras que no tienes intención de hacerlo, serás tildada de desagradable. Desagradecida. Injusta. Traidora. Asocial… Además todo el mundo lo hace, ¿no? Con lo cual deberías hacerlo tú también. Ejemplo de aprendizaje por imitación de conducta, pero, ¿qué pasa si la conducta está equivocada? Cuando un niño pequeño ve series o películas de acción tiende a imitar a los buenos y no a los malos, por el simple hecho de que los malos siempre reciben castigo y los buenos se elevan a la categoría de héroe, y siempre tienen algún premio. Y ese constante irrumpir en vidas ajenas es algo malo. Muy malo. MALO, así con mayúsculas. Dime, ¿cómo te sientes cuando todos están pendientes de tus movimientos y decisiones? No es necesario que le pongas nombre, solo cierra los ojos y dale alas a la imaginación; recuerda… ¿Ya? … No es bonito, ¿verdad?

¿Cómo se puede permitir eso? Juzgar hasta sembrar en corazones inocentes el miedo al qué dirán; miedo que germina en un absoluto sacrificio. Llegamos a tener tanto respeto a la opinión pública que renunciamos a gustos, preferencias, sueños… No vestir así, no estudiar aquello, no ir a tal sitio, no hablar con aquel chico… Es una forma muy cruel de dañar a los demás. De obligar; de dirigir; de manipular… ¿De verdad se puede dejar sin castigo a quién nos obliga a renunciar a nuestra felicidad para no ganarnos unas críticas tan hirientes como absurdas? ¿Acaso una persona así no es un completo villano? Pero, tristemente, parece que en vez de recibir su merecido, es hasta habitual que se jacten y vanaglorien de su hazaña. Es más, algunas instituciones lo han puesto de moda, como la Iglesia Católica…

Es decisión tuya cómo quieres vivir y no tienes que contar ni explicar nada a los demás si no lo deseas. Si estás viendo de nuevo a tu ex, si te andas paseando de motel en motel por todo el país, si decides irte a estudiar a otra ciudad, o si sigues viviendo con tus padres con más de treinta  años… Nadie tiene derecho a cuestionar la validez de tus prioridades; ni tienes que disculparte ante nadie si no lo sientes, si no te sientes culpable nadie debe coaccionarte a ello. Tampoco le debes a nadie una explicación por necesitar estar tiempo solas. Atrévete a vivir cómo realmente quieres, como te gusta…. Una enfermedad rara es complicada, un ictus es complicado, una miocardiopatía es complicada,  un problema familiar es complicado. Vivir de forma ajena al qué dirán no es complicado. Es más, es una liberación.

Esta sociedad necesita alguien que grite y pare los pies a esos… insensibles. Pero no tenemos ley que lo regule, ni rascacielos desde los que pueda colgarse Spiderman para hacer justicia por nosotros; así que no podemos hacer otra cosa que luchar individualmente para que, al menos hacia uno mismo, ese comportamiento acabe. Te conozco, aunque no te lo quieras creer. Sé que eres una persona valiente, pero no confías mucho en eso, porque tienes miedo. Y te has repetido tantas veces la mentira de que no puedes que ha acabado por ser verdad.

Quiero que salgas de ahí; de esa trampa. Quiero que seas feliz.

Nos vemos en unos años.